viernes, 22 de febrero de 2019

Ligero de equipaje



Ante la tumba de Antonio Machado en Cotllioure
(primavera de 2012)
Este artículo fue publicado el 22 de febrero de 2014 en El Diario Fénix, publicación digital dirigida por José Manuel García, hoy tristemente desaparecida. Entonces hacía 75 años de la muerte de Antonio Machado. Hoy hace 80 años pero las consideraciones que hacía entonces siguen siendo válidas.


Había andado muchos caminos, convencido precisamente de que se hace camino al andar. Desde aquel patio de Sevilla donde maduraba el limonero hasta el modesto hotel Quintana, en Cotlliure (en catalán, que es idioma que también manejan en ese entrañable pueblo de la costa brava francesa), donde murió un 22 de febrero de hace setenta y cinco años. Había soñado caminos de la tarde, añorando la aguda espina dorada de la pasión que se había arrancado un día, y murió a las cuatro de la tarde. En el bolsillo de su gabán, con el que trataba inútilmente de protegerse de la neumonía que lo estaba matando, encontraron un papel arrugado con el último verso que había escrito: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Indescifrable fuera de contexto, pero como si volviese a la luz y al calor de los recuerdos sevillanos.
Ante el busto de Antonio Machado (obra de
Pablo Serrano), en Soria. Agosto de 2011.

En aquella triste y terrible guerra, murieron centenares de miles de seres anónimos, de esos de los que, como decía el personaje Miralles de Soldados de Salamina, casi nadie se acuerda y con cuyos nombres no bautizaron ninguna calle miserable de ningún pueblo miserable. Que sólo viven en el recuerdo de sus familiares y amigos –muchos de ellos todavía andan buscándolos por cunetas y campos perdidos para darles una digna sepultura– y morirán definitivamente cuando ya no quede nadie que los recuerde.
Quizá por eso, para que no desaparezcan de la memoria colectiva las referencias a tan atroz episodio de nuestro pasado no tan lejano, hay algunos nombres relacionados con esa tragedia que son compartidos por sensibilidades universales. Al hilo de su genio literario, artístico, científico o incluso político, sus sufrimientos personales, sus dolorosos finales, asumen la representación de todo un pueblo absurdamente sacrificado en los altares de las venganzas ideológicas.
Y así, de la misma forma que Federico García Lorca caminó hacia la muerte como uno más de los ejecutados sumariamente cada madrugada, y que Miguel Hernández se pudrió literalmente en la cárcel como tantos otros cuya salud no pudo resistir unas condiciones de vida que quizá sólo eran un poco peor de las que se impusieron fuera de las cárceles a muchos supervivientes desafectos, y se convirtieron así en los símbolos literarios de una represión infinita, Antonio Machado, hace setenta y cinco años, se convirtió en la muestra agonizante del angustioso exilio de los vencidos.
Entre aquella marea humana que huía del fascismo triunfante en España y que apenas unos meses después se encontraría con el nazismo agresor –los que hubiesen sobrevivido a unos campos de refugiados que no se distinguían mucho de los campos de castigo que habían dejado atrás–, Antonio Machado fue uno más, eso sí más conocido y admirado, entre los miles que perdieron la vida en su peregrinaje doliente hacia la libertad. Envuelto en la republicana bandera tricolor, a hombros de milicianos, su cadáver fue depositado en el pequeño cementerio del pequeño pueblo costero donde se perdió la senda que nunca volvería a pisar. Ligero de equipaje, desde luego, como había previsto en su autorretrato poético. Y con toda la carga de ejemplaridad que nos transmite su recio compromiso con el pueblo herido por aquella guerra trazada por una odiosa mano.


Escultura de Antonio Machado en Segovia. A la derecha, mi amigo Arturo Vega,
de cuya muerte se cumplirán cinco años en mayo. (La foto es de agosto de 2011)


martes, 9 de octubre de 2018

Cuarenta años de nostalgia de Jacques Brel

Hace cuarenta años moría en París uno de los grandes de la canción francesa, aunque era belga de nacimiento. Hace cuarenta años, en El Ideal Gallego, en la sección Cal y Arena que compartía con el inolvidable Luis Pita (en aquel momento bajo el seudónimo conjunto de Colectivo Furacroios, como se ve en la espléndida cabecera diseñada por Xaquín Marín), y en medio de noticias casi exclusivamente locales (de A Coruña), reaccionaba yo así ante la noticia de la muerte de JACQUES BREL.


Ne nous quitte pas, Jacques

El autor de la más bella canción de amor de la historia -"Ne me quittes pas"- nos dejó ayer. Murió en el Paris que le vio crecer y triunfar en el mundo de la canción, después de haberse retirado una temporada a la Polinesia -consumando un viejo proyecto, expresado incluso en una canción, de retirarse a una isla solitaria-, Jacques Brel nos abandona físicamente, pero nos deja el legado de su poesía y de su música, de su ironía y de su ternura, de su amor y de su anti-violencia, de su libertad.
Flamenco de nacimiento, Jacques Brel se fue a París, único lugar donde, en los años cuarenta y cincuenta, podía hacer oír su voz y su palabra, incorporándose a la brillante generación de cantantes franceses (Brassens, Moustaki, Leo Ferré, Jean Ferrat, Juliette Greco...) que con tanta lucidez supieron expresar el desencanto y la angustia de la Europa de la posguerra. "Cuando no se tiene más que el amor para hablar a los cañones y nada más que una canción para convencer a un tambor...", decía Brel en una de sus canciones, que tras plasmar la amargura y la impotencia de quienes ven triunfar las múltiples formas de violencia, terminaba con una coletilla desesperadamente optimista: "Entonces, sin tener nada más que la fuerza de amar, tendremos en nuestras manos, amigos, el mundo entero".
Demasiado débil para imponer la justicia -confesaba Brel en una entrevista-, amaba la generosidad y la ternura. En sus canciones de contenido social, se traslucía un trasfondo libertario contra el burocratismo, los encasillamientos, la rutina, la violencia establecida. En sus canciones descriptivas, dejó traslucir toda una entrañable visión de su "país llano" ("con las catedrales por únicas montañas, y negros campanarios comno palos de cucañas, donde los diablos de piedra descuelgan las nubes...") y del París que le acogió, del Bruselas añorado y del fuerte sabor agridulce del puerto de Amsterdam. Y el amor concebido como una ternura melancólica que se desvanece, que ya no se lleva y que no es sustituido por nada, algo que Brel trataba de conservar ofreciendo "perlas de lluvia del país donde no llueve", buscando en la tierra "hasta después de mi muerte" (quizá buscándola ahora, porque en este mundo enloquecido no la encontró).
Jacques Brel buscaba "una isla en la amplitud de la esperanza, donde los hombres no tendrían miedo", una isla que estaba todavía por construir y donde todo debía de comenzar de nuevo. El paraíso perdido de la libertad que todos los hombres generosos y limpios añoran en sus sueños. Él ya no va a poder verla construida, pero habrá dejado su hermosa contribución para avanzar hacia ella.
Desde lo alto de su triunfo, Jacques Brel tuvo la modestia de declarar que la canción no es un arte, porque está sometida a demasiadas limitaciones técnicas como para meter en ella la imaginación y las ideas. Y, sin embargo, todos sabemos que ese arte conectó con varias generaciones de jóvenes inquietos e inseguros, a los que los versos de Brel prestaban una identificación. Quienes hemos sentido las emociones de esos versos, no querríamos que Brel nos abandonara nunca. 


Un enlace con sesenta de sus canciones: https://www.youtube.com/watch?v=TBTdz6YA7Wo

Y otro con su impresionante "Dans le port de Amsterdam: https://www.youtube.com/watch?v=2U06PicY2C4

martes, 2 de octubre de 2018

Marat-Sade en el recuerdo (cincuenta años)

Programa de mano de la representación del Marat-Sade
en el Teatro Español, de Madrid, en 1968
El montaje del Marat-Sade que se representó hace cincuenta años (los días 2, 3 y 4 de octubre de 1968) en el Teatro Español de Madrid es la experiencia teatral más impresionante a la que he podido asistir. Supongo que influye el ambiente en que se desarrolló, en aquel año tan intenso. Como el propio Adolfo Marsillach recuerda en sus memorias (Tan lejos, tan cerca. Mi vida), la primera representación -la del estreno habitual, con críticos e invitados- transcurrió entre el desconcierto inicial por la puesta en escena y la lenta asimilación de la reflexión profunda que se transmitía en los diálogos entre Marat y Sade, mezclada con la agitación progresiva y delirante del resto de personajes, hasta culminar en una apoteosis a la que se terminó sumando, con sus gritos y sus aplausos, un público, el de los estrenos, que suele medir sus reacciones. Más activo estuvo el público de la segunda representación (que fue a la que yo asistí), que arropó la obra con aplausos continuos, jaleando las frases más incendiarias. Y con lanzamiento final de octavillas antifranquistas, aprovechando que el montaje incluía un lanzamiento de octavillas con mensajes de la revolución francesa. 
Naturalmente, al tercer día, el teatro fue ocupado por funcionarios adictos al régimen y la policía se encargó de disolver a los que protestaron cuando se encontraron las taquillas cerradas. Bajo la amenaza de cierre si se producía el más mínimo incidente, la obra pudo representarse posteriormente en Barcelona, en el Teatro Poliorama, hasta que a finales de enero de 1969 se declaró el estado de excepción (contra las movilizaciones estudiantiles, agudizadas por la muerte de Enrique Ruano, al caer desde una ventana de su casa cuando la Brigada Político-Social la registraba) y el autor, Peter Weiss, solidarizándose con las protestas contra el régimen, decidió prohibir la representación de su obra. 
Fue un poco el final de un periodo de aperturismo del régimen, con Manuel Fraga al frente del Ministerio de Información y Turismo, del que, curiosamente, dependían las actividades culturales, y que, a lo largo de los años sesenta, permitió fenómenos como el llamado nuevo cine español (Carlos Saura, Miguel Picazo, Basilio Martín Patino... que se sumaban a la senda abierta por García Berlanga y Bardem) o una programación de calidad en los teatros nacionales (de los que fui un asiduo porque una hija de García Escudero, director general de Cinematografía y Teatro, era compañera en la Escuela de Periodismo y nos surtía de invitaciones: Misericordia, de Pérez Galdós; La buena persona de Sezuan, de Brecht, o Los verdes campos del edén, de un novel Antonio Gala, son algunos de los títulos que se me ocurren ahora).
Pero, volviendo al Marat-Sade, al margen del contexto político que le daba una dimensión especial, el espectáculo que dirigió Adolfo Marsillach fue, en su momento, una auténtica revolución en la puesta en escena. El propio título de la obra da idea de su complejidad: Persecución y asesinato de Juan Pablo Marat, representado por los asilados del Hospital de Charenton, bajo la dirección del señor de Sade. Teatro dentro del teatro, con los asilados de un manicomio sirviendo de coro delirante a las reflexiones filosóficas entre los personajes de Marat y de Sade, en paralelo a la representación de los avatares revolucionarios y del asesinato de Marat. El espectacular diseño escenográfico de Francisco Nieva (que incluía jaulas para contener a los dementes), la magnífica actuación del grupo Cátaro en el coro de locos y dos monstruos de la interpretación encarnando los personajes principales (José María Prada como Marat y Marsillach como Sade) compusieron un universo dramático impensable en aquel tiempo y en aquellas circunstancias. Una demostración de que las capacidades y las sensibilidades de la sociedad española desbordaban la mezquindad y el raquitismo intelectual de un régimen ya más que agotado, aunque todavía durase siete años más.
(Nota personal: vi la obra desde un palco con varios amigos de Madrid y de Cádiz entre ellos la que hoy es mi mujer. En el palco de al lado estaba Joan Manuel Serrat, el periodista Antonio D. Olano y el dramaturgo Alfonso Sastre, autor de la versión española que se estaba representando, aunque se vio obligado a firmar con el seudónimo de Salvador Moreno Zarza, para no complicar más los problemas con las autoridades. Y en el patio de butacas, Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga y entonces director general de Cultura Popular y Espectáculos, que de vez en cuando se volvía a otear el horizonte de palcos y anfiteatros. Marsillach comenta que había una foto en la que se veía a Robles aplaudir en medio de gente con el puño en alto. Nos lo pasamos muy bien)
Ficha técnica del montaje de Marat-Sade en Madrid, en 1968

lunes, 17 de septiembre de 2018

¡Sólo los republicanos españoles no teníamos Dios!

León Felipe (1884-1968)

Del libro España e Hispanidad (1942-1946)
La versión que publicó Castellet
en su antología de poesía
española en 1964 (En la editorial
catalana Seix Barral)
 Hace cincuenta años -el 18 de septiembre de 1968- el poeta zamorano León Felipe moría en Ciudad de México, donde vivía exiliado desde el final de la guerra civil española. Sus versos rotundamente antifranquistas pasaban de mano en mano en aquellos agitados años sesenta en las universidades españolas. 




















Todavía conservo una manoseada Antología rota, un ejemplar de la tercera edición lanzada precisamente en 1968 por la editorial argentina Losada, y que nos llegó a España (yo estaba entonces en Madrid, trabajando en el Diario SP) por los habituales canales de suministro de libros prohibidos. 
Nos impresionaba leer y recitar aquello de "Franco, tuya es la hacienda, el caballo y la pistola" (en su antología Un cuarto de siglo de poesía española, de 1964, Josep María Castellet sustituía el nombre de Franco por el de "hermano" para salvar la censura) o lo del "sapo iscariote y ladrón", o aquella conclusión patética de que "sólo los republicanos españoles no teníamos Dios", después de recordar que todos los pusilánimes, dictadores y gangsters del mundo tenían su dios particular para justificar sus cobardías o sus crímenes. 
Ahora que estamos en vísperas de sacar a Franco del Valle de los Caídos, el recuerdo de estos poemas terribles, escritos con el dolor y la rabia contra la injusticia, nos sitúa en el contexto de aquel drama histórico que nadie debería querer repetir.

 https://es.wikipedia.org/wiki/Le%C3%B3n_Felipe

Del libro Del poeta maldito (1941-1944)


martes, 9 de enero de 2018

Un torrente de vida



Agosto de 2011, en Cambre (A Coruña), en la casa de Quique y Amparo. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos, y en esta foto aparecemos María Luisa y yo con ellos dos, más sus hijas, el marido de una de ellas y un amigo. Lo pasamos muy bien charlando, comiendo y bebiendo, aunque cada cual tuviese ya sus limitaciones en materia de comer y beber. Por supuesto, hemos seguido manteniendo el contacto con la ayuda de estas tecnologías digitales, en las que Quique volcó todo su entusiasmo literario. De pronto,con el mazazo de su muerte prematura (siempre es prematura la muerte de alguien a quien quieres), esta foto se convierte en histórica, en el último testimonio gráfico de una amistad que se inició hace cuarenta y cinco años, cuando María Luisa y yo llegamos a A Coruña y fuimos a parar al piso que estaba justo al lado del suyo. Que se fue enriqueciendo a través de los años y que se mantuvo a pesar de la distancia, cuando nosotros nos volvimos a Andalucía hace ya cerca de treinta años.
Quique (Enrique Ramos Vázquez) era un torrente de vida. Derrochaba entusiasmo, alegría y buen humor y derrochando vitalidad, el torrente ha terminado desembocando en la mar, que es el morir, como diría el clásico. Ahora nos toca a los demás contener nuestro dolor para conservar viva su risa en nuestra memoria.




"...Y me iré caminando por las nubes,
sin temor a relámpagos y truenos,
que no muere el humano que descubre
el fantástico mundo de los sueños".

(Quique Ramos)




lunes, 3 de octubre de 2016

Neville Marriner, memoria barroca

La iglesia de Saint Martin in the Fields, en
 Londres (la foto es de 2010) 
Zapeando este fin de semana en la tele, para descansar del agobio de la guerra civil del PSOE (por cierto, en la guerra civil también hubo enfrentamientos abiertos en el seno de este partido, entre Prieto y Largo Caballero), supongo que en algún programa de recuerdos de la 2 o de 24 Horas, emitían un reportaje sobre el programa Clásicos Populares, aquel divertido recorrido divulgativo por la música clásica que hacían Fernando Argenta (muerto hace casi tres años) y Araceli González Campa. Y hoy he leído la noticia de la muerte de Neville Marriner, el gran director de orquesta y fundador a finales de los cincuenta de la Academy St Martin in the Fields, personaje y orquesta que conocí precisamente a través de Clásicos Populares. Cuando en 2010 viajé a Londres y vi en Trafalgar Square la iglesia de Saint Martin in the Fields, me pareció como si me reencontrara con un viejo amigo. Los juegos de la memoria, entre el azar y la emoción. He rebuscado en las fotos de entonces, como también en las fotos de un par de años después en la localidad catalana de Cadaqués, con la que tuvo relación Marriner según me acabo de enterar en la crónica de Rosa Massagué en El Periódico sobre su muerte, que he colgado en facebook junto con un youtube en su memoria, que reproduce el Adagio de Albinoni interpretado por la Academy St Martin in the Fields y dirigido por Marriner (y que también he colgado aquí). Casi sesenta años dedicados a conservarnos viva y fresca la música barroca.                                                                                                                      
Vista de Cadaqués, donde Marriner apadrinó la creación de 
una orquesta en 1988 (la foto es de 2012)


http://www.elperiodico.com/es/noticias/ocio-y-cultura/muere-neville-marriner-academy-saint-martin-the-fields-5445332

https://www.youtube.com/watch?v=p6O8ob4YDX0

domingo, 12 de junio de 2016

La sociedad civil gaditana entre dos siglos







José María Rodríguez Díaz es un viejo amigo de los tiempos del Colegio Mirandilla y del Instituto Columela. Nuestras trayectorias personales y profesionales fueron distintas y, en ocasiones, distantes, pero nunca perdimos el contacto, aunque fuera una vez al año para tomar un café. Él optó por Derecho y yo por Filosofía y Letras y por Periodismo. El se quedó en Cádiz y yo anduve encontrando mis raíces en Galicia aunque terminé refugiándome en Sevilla. Rodríguez Díaz no se contentó con ser un competente funcionario de la Diputación de Cádiz: estudió Historia y sacó tiempo para investigar sobre los últimos siglos (el XIX sobre todo) de la vida gaditana. Y me reservó el honor de que pudiese escribir el prólogo de su último (por ahora) trabajo de investigación, publicado con el título Casinos, sindicatos y cofradías.  Un siglo de asociaciones en la provincia de Cádiz (18334-1931). Lo que opino sobre este libro, que ya está a la venta en las librerías gaditanas, está recogido en ese prólogo que se reproduce a continuación (y en el que, por cierto, se alude al libro con un título provisional, El derecho de asociación en la provincia de Cádiz (1833-1931), que luego se nos ha olvidado corregir). Por supuesto, recomiendo su lectura a todos los interesados por la historia de Cádiz. Este es un libro serio y trabajado, muy lejos de las fabulaciones de quienes, últimamente, se empeñan en contarnos cuentos de fantasmas.

Mucho antes de que se recuperasen para la modernidad los míticos Juegos Olímpicos (en 1896), ya se había creado en Cádiz, en 1848, la primera sociedad gimnástica. Y, aunque no nos conste la formación de clubes que estructurasen su práctica, el Campo de Gibraltar (por la proximidad británica del Peñón) y el Jerez de las bodegas de capital británico fueron escenarios de partidos de fútbol antes de que los ingenieros ingleses de las Minas de Riotinto difundiesen este deporte en Huelva, donde sí se creó el primer club de fútbol de España.
No es por presumir, pero, en este libro de José María Rodríguez Díaz, aparecen varias muestras de iniciativas avanzadas en materia de asociaciones de todo tipo, como para sentirse satisfecho del dinamismo gaditano a lo largo de los dos últimos tercios del siglo XIX y el primer tercio del XX. Ese es el periodo que abarca este estudio histórico sobre el fenómeno asociativo en la provincia de Cádiz, y que va desde la recuperación del liberalismo doceañista (una vez desaparecido el nefasto Fernando VII que lo había puesto entre paréntesis) hasta la proclamación de la Segunda República.
No es un periodo homogéneo, evidentemente, pero precisamente por eso resulta asombroso comprobar cómo, entre guerras civiles y pronunciamientos militares de diverso signo, sin faltar un primer ensayo republicano y hasta una revuelta cantonalista, lo que hoy llamaríamos “sociedad civil” iba configurándose de acuerdo con las nuevas circunstancias económicas y las nuevas relaciones sociales. En unos casos, desarrollándose en un marco legal a favor de la libertad de asociación más explícita. En otros, aprovechando los resquicios de una legislación más restrictiva y exponiéndose (y sucumbiendo en muchos casos) a la represión de autoridades recelosas.
Así, de la mano de este concienzudo investigador histórico, seguimos la formación del entramado asociativo en el que la burguesía emergente va tejiendo su influencia en aquella sociedad decimonónica en la que los viejos estamentos todavía seguían controlando parcelas importantes de poder. En ese proceso, sobre todo hasta el episodio revolucionario de 1868, Cádiz es uno de los focos más activos de ese hervidero de clases medias (burguesía mercantil, profesionales, funcionarios… ) que trata de abrir paso a las nuevas ideas liberales. Los casinos representan en ese momento la expresión asociativa más genuina de esa burguesía y, desde que en 1834 se creó en Algeciras el primero de la provincia, los casinos se fueron extendiendo por toda la geografía gaditana, desde Jerez y Cádiz capital hasta el último rincón de la Sierra.
A partir de la Restauración, la oferta asociativa se va diversificando progresivamente, extendiéndose a todo tipo de actividades culturales, científicas, profesionales, recreativas y benéficas, junto a círculos de orientación política o religiosa. En 1872, por ejemplo, se crea en Cádiz la que posiblemente fue la primera Sociedad Protectora de Animales y Plantas de España (desde luego, se adelantó en tres años a la que se formó en Madrid). Pero quizá lo más característico de aquel periodo fuese la proliferación de asociaciones específicas de carácter obrero (la nueva clase llamada a ser emergente), en principio como sociedades de socorros mutuos (que ya habían empezado a surgir en el decenio de los 40, tras la desaparición de los gremios) y después como sociedades de resistencia que desembocan en las organizaciones sindicales, sin olvidar las cooperativas. Y de la misma forma que las clases trabajadoras habían copiado antes el modelo burgués con sus casinos o círculos de artesanos, también los empresarios recurrieron al modelo cooperativo para concentrar determinados servicios comunes.
Como ya había demostrado en su anterior estudio Los gremios de la ciudad de Cádiz, en El derecho de asociación en la provincia de Cádiz (1833-1931) José María Rodríguez Díaz pone de manifiesto un trabajo riguroso y exhaustivo, no sólo en la recopilación de la documentación, sino también en su contextualización. En efecto, los datos locales y provinciales son analizados en relación con el panorama histórico en el que se sitúan. Eso le permite documentar unas conclusiones en las que desmiente los tópicos sobre el carácter individualista e insolidario de los andaluces o sobre su retraso en la incorporación a las nuevas corrientes sociales, plasmadas en nuevas formas de asociación y organización. Ya en su libro sobre los gremios llamaba la atención sobre esos prejuicios, cuando, al referirse a los impresores y libreros, recordaba que, en 1810, los militares, funcionarios y políticos que se refugiaron en Cádiz huyendo de las fuerzas francesas “se encontraron con una ciudad que no tenía nada que envidiar a la capital de España, ni por el número de librerías ni por los fondos de las mismas”.
En medio del rigor y la acumulación documental, entre listados casi interminables, que podrían hacer pensar en una obra farragosa, sólo interesante para académicos y especialistas, José María Rodríguez Díaz despliega sus dotes de escritor y un cierto olfato periodístico para destacar los aspectos más originales o más humanos, convirtiendo así el trabajo de investigación en una crónica de interés general, al alcance de cualquier lector curioso. Puede uno enterarse, por ejemplo, de que la primera “casa regional” que se creó en Cádiz fue la Sociedad Alemana Germania, con sede en la “muy cervecera calle del Puerto”, en 1861. O que, en 1870, se creó la cooperativa La Constructora de Extramuros, para construir viviendas. Por aquellos años, en las sociedades de socorros mutuos con asistencia médica se incluían sangrías, sanguijuelas y leche de burra entre los remedios posibles. Que llegó a funcionar una sociedad de padres de familia que tenía como fin pagar a mozos que sustituyesen a los hijos de los socios a los que les hubiese tocado hacer el servicio militar. Como resultará curioso saber que ya en 1910 se creó una sociedad para promover el turismo.

Manuel Ravina Martín, en su prólogo al libro Los gremios de la ciudad de Cádiz, advertía sobre los huecos pendientes de cubrir en la historiografía gaditana. No cabe duda de que José María Rodríguez Díaz ha tomado buena nota de la advertencia y se ha propuesto rebuscar en los sedimentos más olvidados de la documentación de nuestra tierra, con la intención, y la capacidad, de sacar petróleo, de aflorar un combustible básico con el que alimentar futuras investigaciones.

José Antonio Gaciño