martes, 23 de junio de 2026

Los pardillos y el comisionista


Puestos a valorar la colaboración con la justicia, da la impresión de que, en el llamado Caso Mascarillas, la colaboración más intensa fue de la del presunto asesor Koldo García, que, siguiendo el ejemplo del comisario Villarejo, había grabado hasta las conversaciones con su mujer. En esas grabaciones encontró la policía el material más escabroso de un tinglado de corrupción en el que el ministro y el asesor hicieron de pardillos en el timo de la estampita que les montó el comisionista, que, al final, ha cortado orejas y ha salido por la puerta grande con la parte mollar de las comisiones y convertido poco menos que en héroe nacional de las derechas. Desde su puesto privilegiado de topo infiltrado entre los aprendices de corruptos, ha cumplido con la consigna del líder supremo: el que pueda hacer, que haga.


jueves, 4 de junio de 2026

Recuerdo de María Antonia Dans

 


Se me pasaron otros aniversarios y otras oportunidades (la inauguración de su casa-museo en Curtis, hace dos años, por ejemplo) para recordar esta ocurrencia publicada en La Voz de Galicia el 7 de junio de 1984 y ya no quiero esperar a que en 2028 se cumplan cuarenta años de su muerte (quién sabe dónde se encontrará uno para entonces). El caso es que le tengo especial cariño a este entrañable dibujo de María Antonia Dans, que me inspiró esa reflexión sobre la perplejidad de la infancia ante el espectáculo de confusión e hipocresía que predomina en el mundo adulto. 



Diez años antes, en febrero de 1974, publicaba en El Ideal Gallego una entrevista a la propia María Antonia Dans, con motivo de una exposición que montó en una galería de Santiago de Compostela. Sirva todo esto como homenaje intemporal a una de las más destacadas pintoras gallegas del pasado siglo.



miércoles, 3 de junio de 2026

Paco Rabal agradecido

Navegando por el mar de papeles que componen un eterno proyecto de archivo que nunca consigo ordenar, me he encontrado una carta de la que ya no me acordaba y que ha sido como una inyección de autoestima retrospectiva. Reproduzco a continuación la carta, incluyendo el sobre, dirigido a mi, a la redacción de Triunfo, que era un semanario de izquierdas que sobrevivía como podía, entre expedientes y cierres, en la España franquista (puede apreciarse el sello de 1,50 pesetas con la cara del dictador). El contenido de la carta lo transcribo aquí, porque el escaneado no es muy bueno y quizá no se entienda:

"Querido amigo José Antonio

Te agradezco muchísimo tu reportaje en "TRIUNFO". Era difícil por el empeño de tus preguntas, inteligentes, y por mis tímidas o poco desarrolladas respuestas. Tu buena mano me ha dejado muy bien y responde al espíritu exacto de nuestra conversación, por lo que mis gracias son muy sinceras y te envío un fuerte abrazo. Tu amigo Paco Rabal".


Ya puesto, he buscado en el Triunfo Digital (qué gran idea, que no sé a quién agradecer, la de quienes decidieron digitalizar toda la colección), la entrevista en cuestión. (En confianza, la he releído y ciertamente quedó bastante bien).



https://www.triunfodigital.com/mostradorn.php?anyo=XXV&num=424&imagen=20&fecha=1970-07-18


martes, 28 de enero de 2025

Veinte años sin el Cheuá

 



Se cumplen veinte años de la muerte en Málaga, el 28 de enero de 2005, de José María González Ruiz (Sevilla, 1916 - Málaga, 2005), sacerdote católico, teólogo y amigo de los tiempos difíciles. Recupero aquí la columna que escribí y que me publicaron entonces en el semanario gallego A Nosa Terra, para reiterar el homenaje a su figura.


Y aquí va la traducción al castellano:

Cheuá

Xosé A. Gaciño

No sé muy bien lo que significa la palabra -creo que del hebreo clásico- cheuá. Creo que sólo es la designación de un signo ortográfico, pero, para mi, y para muchos que compartieron su amistad, evoca la figura de un hombre físicamente frágil pero intelectualmente poderoso y valiente: el teólogo andaluz José María González Ruiz, al que sus alumnos le pusieron el mote de Chehuá, que se extendió después entre todos sus amigos como un apelativo cariñoso a un hombre que necesitaba ser arropado con respeto y solidaridad frente a la soledad en la que lo había dejado una jerarquía católica autoritaria y arrogante.
El desquite le llegó con el Concilio Vaticano II, en el que compartió esfuerzos con un importante grupo de teólogos progresistas que intentaban abrir puertas en una Iglesia cerrada al devenir de la historia. En aquellos años sesenta del pasado siglo, en los que tantas esperanzas parecían abrirse -ahogadas más tarde, algunas brutalmente-, el Chehuá fue de los que participó activamente en el diálogo entre cristianos y marxistas. Su rincón de la calle Galileo, en Madrid, era un auténtico refugio abierto a todos los luchadores por la libertad, sin distinción de credos o certazas.
Ahora, que acaba de morir a los 88 años en Málaga -a donde volvió en el 73, después de la desaparición de uno de sus represores, el cardenal Herrera Oria-, pienso en la diferencia entre católicos como él y esta Iglesia inquisitorial, controlada ahora -como en buena parte de su historia como institución de poder- por nuevos integristas dispuestos a imponer salvaciones represoras y dogmáticas (y no sólo a sus correligionarios). Todo lo contrario del Chehuá, que confesaba con humildad que un verdadero creyente es también agnóstico (es decir, alguien que no sabe). "Yo creo -decía-, pero no con la ingenuidad de que tras esta vida vendrá un cielo... Yo no sé: yo creo". Algunos, que ni siquiera creemos, tenemos en cambio la seguridad de que hombres como estos, de espíritu libre incluso por encima de sus creencias personales, contribuyen a una especie de causa común de la humanidad consciente y creadora.



jueves, 14 de marzo de 2024

Quimera Teatro Popular, una aventura de resistencia


Quizá ha hecho falta que hayan pasado más de cincuenta años, desde que el grupo se disolvió, para que se valore en su justa medida y con perspectiva histórica la dimensión que alcanzó Quimera Teatro Popular en la vida cultural de Cádiz entre los años 1961 y 1972, un periodo que abarca aquellos ya míticos años sesenta del siglo pasado, que todavía nos evocan  tantas referencias de ilusiones y esperanzas de libertad en todo el mundo, a pesar de que ya sabemos que muchas de esas referencias se frustraron, fueron machacadas por la represión o simplemente se diluyeron en el desencanto. 
 Que hayan pasado más de cincuenta años y que un   estudioso concienzudo y riguroso como Enrique del   Álamo se pusiese manos a la obra, desempolvando   archivos y localizando supervivientes que le aportasen testimonios orales, escritos y material gráfico, para poner en pie la historia de un colectivo de jóvenes que, a través del teatro, de un teatro de compromiso y agitación, lograron crear un clima cultural crítico que logró atraer y mantener el interés incluso de ciudadanos que nunca se habían interesado por el teatro.
En su libro Quimera Teatro Popular. Disidencia cultural en Cádiz durante el tardofranquismo (1961-1972), que Ediciones Mayi acaba de poner a la venta, Enrique del Álamo Núñez sitúa la actividad de Quimera en el contexto cultural y político de la época, resaltando su conexión con las nuevas tendencias del teatro en Europa y su integración en el entonces nuevo fenómeno del teatro independiente. En ese sentido, Quimera alcanzó un nivel de calidad reconocido incluso por quienes no simpatizaban con su estética teatral, que, a lo largo de los años, y tras acercarse a diversas experiencias vanguardistas, se centró en el teatro de agitación y provocación. Alfonso Sastre y Bertolt Brecht fueron los dos grandes autores de referencia del grupo, además, claro, de Manuel Pérez Casaux, el dramaturgo portuense, que formó parte de Quimera hasta que se trasladó a Barcelona.
A través del libro de Del Álamo recorremos toda la trayectoria del grupo, desde sus orígenes en iniciativas de aficionados ligados a asociaciones católicas hasta su plena autonomía como teatro de cámara y como teatro independiente, con una dinámica activista de completar las actuaciones con coloquios en los que se rozaba la legalidad franquista vigente. Se detallan los principales montajes llevados a cabo, desde sus aspectos técnicos hasta su trasfondo social o político, así como las vicisitudes legales para superar los controles gubernativos, en algunos de los cuales, cuando actuaban en locales parroquiales, contaron con la protección eclesiástica (el obispo de Cádiz era entonces Antonio Añoveros), al hilo de los privilegios que concedía a la Iglesia Católica el concordato del régimen de Franco con el Vaticano. 
En los archivos oficiales, el autor ha encontrado documentos referidos al seguimiento policial que se hacía de las actividades de Quimera y algunas disquisiciones de gobernadores y delegados sobre la conveniencia de actuar en determinadas situaciones o hacer la vista gorda para no provocar más follón del estrictamente necesario, porque, pese a su militancia disidente, Quimera tuvo un cierto reconocimiento oficial. Participaba, por ejemplo, en las actividades culturales que completaban los cursos de verano de la Universidad de Sevilla en Cádiz, que dirigía José María Pemán, y en los coloquios que organizaba la Delegación Provincial de Información y Turismo para valorar los espectáculos de la Campaña Nacional de Teatro que llegaban a Cádiz. Todo esto era compatible con prohibiciones absolutas de varios montajes, dentro de los vaivenes y los amagos aperturistas que intentaba el régimen.
Tenía también su presencia en los medios. La Información del Lunes y el Diario de Cádiz publicaban regularmente información sobre sus actividades y reseñas críticas de sus estrenos, con elogios a su buen trabajo y reconocimientos de la calidad de las obras que montaban, cada uno con sus matices. Incluso llegaron a publicar artículos de Manuel Pérez Casaux y de José María Sánchez Casas -el líder indiscutible de Quimera- sobre el sentido de su trabajo teatral.
El libro de Enrique del Álamo descubre aspectos del gran trabajo de Quimera incluso a quienes formaron parte del grupo (a quien poco le descubre seguramente es a Donato Patiño, que se lo sabe todo y de cuyo archivo personal ha sacado Del Álamo una buena parte de su trabajo). Desde luego, sí a muchos que tuvimos algún contacto con el grupo en algún momento de su trayectoria. Toda la familia de actores, técnicos, colaboradores y simples espectadores de los trabajos de Quimera no pueden por menos que agradecer a Enrique del Álamo que haya colocado en las estanterías de la historia contemporánea de Cádiz este capítulo hermoso de una aventura de resistencia. Quimera dejó de resistir y se disolvió sin remedio el día en que su líder indiscutible, Sánchez Casas, decidió emprender lo que sería una trágica aventura revolucionaria.


Saludo final de los actores de Historias para ser contadas,
de Osvaldo Dragún. De izquierda a derecha, Donato Patiño,
José María Sánchez Casas, María Luisa Díaz, Rosa María
Cobos, Pedro Roldán y Fernando Meléndez


lunes, 11 de marzo de 2024

Veinte años después del 11-M

Veinte años después del 11-M, el mayor atentado terrorista cometido en la Península Ibérica (quizá en Europa), me he acordado de este artículo que me publicaron en el desaparecido periódico Galicia Hoxe el 5 de noviembre de 2007, cuando ya se había celebrado el juicio por aquellos crímenes cometidos por fanáticos islamistas, frente a los que la sociedad española reaccionó con solidaridad hacia las víctimas y algunos políticos (los que gobernaban en aquellos momentos, del PP) se comportaron con la repugnante frivolidad de la mentira, tratando de proteger sus intereses electorales. Reproduzco aquí la traducción al castellano del artículo original, escrito en gallego.


ENQUANTO HÁ FORÇA

Fanáticos, solidarios y frívolos

Xosé A. Gaciño (Galicia Hoxe. 5-11-07)

Sanaa Ben Salah era una adolescente de trece años, nacida en Madrid de padres marroquíes, que cursaba segundo de ESO en un centro en el que tenía amigos de orígenes muy diferentes (incluidos españoles, claro). Le gustaban las películas de terror, los dibujos animados y el Real Madrid. Amaba a los animales y tenía el propósito de estudiar Veterinaria. Cubría sus cabellos con un velo, de acuerdo con las costumbres de sus padres y como muestra de su religión. Y murió víctima de una de las bombas colocadas en diversos trenes de cercanías de Madrid, el 11 de marzo de 2004, por un grupo de terroristas yihadistas. Era una de los ochos musulmanes que perdieron la vida en aquellos atentados cometidos en el nombre del Islam.

Echar una ojeada a las características de las víctimas, tan diversas, que perecieron en aquellos crueles y descomunales atentados, y a las de los que resultaron heridos, es la manera más directa de comprobar la irracionalidad de esta sangrienta acción. Eran gente de lo más normal, la gran mayoría de condición modesta, gente de la que configura el mosaico social de esta nueva sociedad abierta a los nuevos horizontes globales. Trabajadores y estudiantes, gente joven y de mediana edad, inmigrantes de muy variadas procedencias (Latinoamérica, Europa del Este, Asia, África), agnósticos y creyentes de diversos credos.

Una mezcla de identidades, diferenciadoras en algunos casos y compartidas en otros, compartidas incluso con los asesinos, aparentemente integrados (con sus estudios, sus negocios y hasta con sus trapicheos al margen de la ley) en la sociedad a la que atacaron con ese distanciamiento brutal del fanatismo, que pone toda la pasión en sus motivaciones ideológicas y todo el gélido desprecio en la consideración con sus víctimas. Y, como dijo en aquellos días el imán de una mezquita madrileña, “el que mata a un inocente es como si matara a toda la humanidad”. En eso están, dispuestos a matar a toda la humanidad, aplicándoles así su demoledora doctrina.

Frente a ese delirio inhumano de los terroristas, estuvo la reacción solidaria de una sociedad que dio muestras sobradas de responsabilidad ciudadana, tanto por el trabajo de los profesionales de las emergencias (sanitarios, bomberos, policías...) como de los voluntarios que arrimaron el hombro de muy diversas formas, tanto en la atención a las víctimas y a sus allegados como en el respeto mayoritario a la comunidad musulmana en general, distinguiendo entre las personas con unos sentimientos religiosos determinados y los manipuladores de esos sentimientos para ponerlos al servicio de una violencia indiscriminada.

Y por encima de los delirios de unos y de las histerias de otros, el trabajo de investigación policial y judicial. Policías, fiscal e instructor, superando descoordinaciones previas y decisiones temerarias sobre prioridades en la vigilancia, consiguieron allegar los elementos clave (hombres y pruebas) que permitieron delimitar claramente los diversos grados de culpabilidades y complicidades.

En tres años y medio, culpables (los supervivientes, porque otros se suicidaron en Leganés) y cómplices fueron llevados a juicio con todas las garantías legales, en un proceso ciertamente ejemplar. Muy diferente a los procedimientos de investigación antiterrorista de Estados Unidos, en el borde de la ilegalidad, o a la falta de resultados en el Reino Unido.

En medio de la rabia por la tragedia y por la barbarie terrorista, había como para sentirse satisfechos de todo un trabajo colectivo, primero de asistencia a las víctimas en los momentos mismos de los atentados y, ahora, con la culminación de lo que puede considerarse la reparación moral y legal a esas mismas víctimas: la sentencia que sanciona a los culpables.

Pero, por debajo de la tragedia y de la dignidad de las víctimas (y de la sociedad que las arropó, con la excepción de algunos miserables que las insultaron públicamente), hay políticos que siguen contando votos con frívola obcecación.

 

 

Adios al "camarada presidente"

 


No recuerdo si llegó a publicarse (no he encontrado el recorte que lo certificase), pero, si conservo el original a máquina, lo más probable es que no se hubiese publicado. Teniendo en cuenta que trabajaba entonces en El Ideal Gallego, de la Editorial Católica, y que era septiembre de 1973 (vivía incluso Carrero Blanco, que fue asesinado en diciembre de aquel año), no puede extrañar que este texto desbordase, no ya las restricciones del régimen franquista, sino incluso los niveles de permisividad del periódico, que su director de entonces, Rafael González, había ampliado todo lo que podía. Cincuenta años después de aquel espanto, y después de haber vuelto a ver Missing (Desaparecido), la película de Costa-Gavras protagonizada por Jack Lemon, me he decidido a rescatar este artículo escrito entonces, en los días siguientes al golpe que acabó con el experimento de la vía democrática al socialismo (y no debemos olvidar que cinco años antes, en Checoslovaquia, la irrupción de los tanques del Pacto de Varsovia, acabó con la vía democrática al socialismo desde el totalitarismo estalinista).