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domingo, 12 de junio de 2016

La sociedad civil gaditana entre dos siglos







José María Rodríguez Díaz es un viejo amigo de los tiempos del Colegio Mirandilla y del Instituto Columela. Nuestras trayectorias personales y profesionales fueron distintas y, en ocasiones, distantes, pero nunca perdimos el contacto, aunque fuera una vez al año para tomar un café. Él optó por Derecho y yo por Filosofía y Letras y por Periodismo. El se quedó en Cádiz y yo anduve encontrando mis raíces en Galicia aunque terminé refugiándome en Sevilla. Rodríguez Díaz no se contentó con ser un competente funcionario de la Diputación de Cádiz: estudió Historia y sacó tiempo para investigar sobre los últimos siglos (el XIX sobre todo) de la vida gaditana. Y me reservó el honor de que pudiese escribir el prólogo de su último (por ahora) trabajo de investigación, publicado con el título Casinos, sindicatos y cofradías.  Un siglo de asociaciones en la provincia de Cádiz (18334-1931). Lo que opino sobre este libro, que ya está a la venta en las librerías gaditanas, está recogido en ese prólogo que se reproduce a continuación (y en el que, por cierto, se alude al libro con un título provisional, El derecho de asociación en la provincia de Cádiz (1833-1931), que luego se nos ha olvidado corregir). Por supuesto, recomiendo su lectura a todos los interesados por la historia de Cádiz. Este es un libro serio y trabajado, muy lejos de las fabulaciones de quienes, últimamente, se empeñan en contarnos cuentos de fantasmas.

Mucho antes de que se recuperasen para la modernidad los míticos Juegos Olímpicos (en 1896), ya se había creado en Cádiz, en 1848, la primera sociedad gimnástica. Y, aunque no nos conste la formación de clubes que estructurasen su práctica, el Campo de Gibraltar (por la proximidad británica del Peñón) y el Jerez de las bodegas de capital británico fueron escenarios de partidos de fútbol antes de que los ingenieros ingleses de las Minas de Riotinto difundiesen este deporte en Huelva, donde sí se creó el primer club de fútbol de España.
No es por presumir, pero, en este libro de José María Rodríguez Díaz, aparecen varias muestras de iniciativas avanzadas en materia de asociaciones de todo tipo, como para sentirse satisfecho del dinamismo gaditano a lo largo de los dos últimos tercios del siglo XIX y el primer tercio del XX. Ese es el periodo que abarca este estudio histórico sobre el fenómeno asociativo en la provincia de Cádiz, y que va desde la recuperación del liberalismo doceañista (una vez desaparecido el nefasto Fernando VII que lo había puesto entre paréntesis) hasta la proclamación de la Segunda República.
No es un periodo homogéneo, evidentemente, pero precisamente por eso resulta asombroso comprobar cómo, entre guerras civiles y pronunciamientos militares de diverso signo, sin faltar un primer ensayo republicano y hasta una revuelta cantonalista, lo que hoy llamaríamos “sociedad civil” iba configurándose de acuerdo con las nuevas circunstancias económicas y las nuevas relaciones sociales. En unos casos, desarrollándose en un marco legal a favor de la libertad de asociación más explícita. En otros, aprovechando los resquicios de una legislación más restrictiva y exponiéndose (y sucumbiendo en muchos casos) a la represión de autoridades recelosas.
Así, de la mano de este concienzudo investigador histórico, seguimos la formación del entramado asociativo en el que la burguesía emergente va tejiendo su influencia en aquella sociedad decimonónica en la que los viejos estamentos todavía seguían controlando parcelas importantes de poder. En ese proceso, sobre todo hasta el episodio revolucionario de 1868, Cádiz es uno de los focos más activos de ese hervidero de clases medias (burguesía mercantil, profesionales, funcionarios… ) que trata de abrir paso a las nuevas ideas liberales. Los casinos representan en ese momento la expresión asociativa más genuina de esa burguesía y, desde que en 1834 se creó en Algeciras el primero de la provincia, los casinos se fueron extendiendo por toda la geografía gaditana, desde Jerez y Cádiz capital hasta el último rincón de la Sierra.
A partir de la Restauración, la oferta asociativa se va diversificando progresivamente, extendiéndose a todo tipo de actividades culturales, científicas, profesionales, recreativas y benéficas, junto a círculos de orientación política o religiosa. En 1872, por ejemplo, se crea en Cádiz la que posiblemente fue la primera Sociedad Protectora de Animales y Plantas de España (desde luego, se adelantó en tres años a la que se formó en Madrid). Pero quizá lo más característico de aquel periodo fuese la proliferación de asociaciones específicas de carácter obrero (la nueva clase llamada a ser emergente), en principio como sociedades de socorros mutuos (que ya habían empezado a surgir en el decenio de los 40, tras la desaparición de los gremios) y después como sociedades de resistencia que desembocan en las organizaciones sindicales, sin olvidar las cooperativas. Y de la misma forma que las clases trabajadoras habían copiado antes el modelo burgués con sus casinos o círculos de artesanos, también los empresarios recurrieron al modelo cooperativo para concentrar determinados servicios comunes.
Como ya había demostrado en su anterior estudio Los gremios de la ciudad de Cádiz, en El derecho de asociación en la provincia de Cádiz (1833-1931) José María Rodríguez Díaz pone de manifiesto un trabajo riguroso y exhaustivo, no sólo en la recopilación de la documentación, sino también en su contextualización. En efecto, los datos locales y provinciales son analizados en relación con el panorama histórico en el que se sitúan. Eso le permite documentar unas conclusiones en las que desmiente los tópicos sobre el carácter individualista e insolidario de los andaluces o sobre su retraso en la incorporación a las nuevas corrientes sociales, plasmadas en nuevas formas de asociación y organización. Ya en su libro sobre los gremios llamaba la atención sobre esos prejuicios, cuando, al referirse a los impresores y libreros, recordaba que, en 1810, los militares, funcionarios y políticos que se refugiaron en Cádiz huyendo de las fuerzas francesas “se encontraron con una ciudad que no tenía nada que envidiar a la capital de España, ni por el número de librerías ni por los fondos de las mismas”.
En medio del rigor y la acumulación documental, entre listados casi interminables, que podrían hacer pensar en una obra farragosa, sólo interesante para académicos y especialistas, José María Rodríguez Díaz despliega sus dotes de escritor y un cierto olfato periodístico para destacar los aspectos más originales o más humanos, convirtiendo así el trabajo de investigación en una crónica de interés general, al alcance de cualquier lector curioso. Puede uno enterarse, por ejemplo, de que la primera “casa regional” que se creó en Cádiz fue la Sociedad Alemana Germania, con sede en la “muy cervecera calle del Puerto”, en 1861. O que, en 1870, se creó la cooperativa La Constructora de Extramuros, para construir viviendas. Por aquellos años, en las sociedades de socorros mutuos con asistencia médica se incluían sangrías, sanguijuelas y leche de burra entre los remedios posibles. Que llegó a funcionar una sociedad de padres de familia que tenía como fin pagar a mozos que sustituyesen a los hijos de los socios a los que les hubiese tocado hacer el servicio militar. Como resultará curioso saber que ya en 1910 se creó una sociedad para promover el turismo.

Manuel Ravina Martín, en su prólogo al libro Los gremios de la ciudad de Cádiz, advertía sobre los huecos pendientes de cubrir en la historiografía gaditana. No cabe duda de que José María Rodríguez Díaz ha tomado buena nota de la advertencia y se ha propuesto rebuscar en los sedimentos más olvidados de la documentación de nuestra tierra, con la intención, y la capacidad, de sacar petróleo, de aflorar un combustible básico con el que alimentar futuras investigaciones.

José Antonio Gaciño  


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Difícil equilibrio entre libertad y seguridad

Diseño de Jean Jullien, a propósito de los atentados de París, en
el que fusiona el símbolo de la paz con la Torre Eiffel
No es fácil reaccionar con racionalidad ante ataques terroristas tan brutales como los que se perpetraron el viernes 13 en París, sobre todo cuando forman parte de una cadena de ellos que ya ensangrentaron la propia capital francesa y diversos lugares de la cuenca mediterránea, por limitarnos sólo a los de este año. Una reacción visceral lleva a respuestas vengativas y contundentes, que, por lo general, resultan poco eficaces para erradicar un fenómeno que se alimenta precisamente de sentimientos viscerales de odio y venganza, a partir de agravios reales o inducidos. 
Desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York -el hito emblemático de este nuevo terrorismo global-, las respuestas bélicas no han dado el fruto adecuado. En algunos casos -la ocupación de Irak, por ejemplo- resultaron contraproducentes. Los primeros pasos del gobierno francés -intensificando los bombardeos en Siria y endureciendo las medidas internas para situaciones de excepción- parece que van en la misma dirección, aunque su intención de entenderse con Rusia indica una corrección en la postura occidental, hasta ahora firme, de no negociar con el régimen de Bachar Al Asad.
Sobre el debate que los ataques terroristas generan en el seno de las sociedades democráticas -el de sacrificar ciertos niveles de libertad en aras de una mayor seguridad colectiva- trata especialmente este nuevo artículo del plumilla errante en El Diario Fénix:

http://www.eldiariofenix.com/?q=content/malos-tiempos-para-los-equilibrios#.VkxQNcnmaPg.twitter

El enlace ya no enlaza. Por eso, reproduzco aquí el texto:

EL PLUMILLA ERRANTE

Malos tiempos para los equilibrios

José A. Gaciño (El Diario Fénix, 18-11-2015)

Son momentos de declaraciones solemnes y rotundas. Y de medidas excepcionales que sirvan para calmar la ansiedad de la ciudadanía vulnerable y transmitan la sensación de que se reacciona con contundencia. Un efecto tranquilizador de consumo interno (para las víctimas reales o potenciales), que no siempre tiene la eficacia deseada frente a quienes agreden desde dentro o desde fuera, pero siempre de forma imprevisible e indiscriminada.
Abrumados por la brutalidad de ataques como el del viernes 13 en París (como unos días antes en una mezquita chií en Beirut, y unas semanas antes en una manifestación pacifista en Ankara, por no remontarnos al 11-S neoyorquino en 2001, al 11-M madrileño en 2004 o al 7-J londinense de 2005), la emoción y la rabia no deja ver los matices y se da por buena cualquier decisión destinada a perseguir a los fanáticos, aunque, en la mayoría de los casos, la autoinmolación elimina fanáticos que perseguir.
El clima es propicio para que los gobiernos desnivelen el delicado equilibrio entre libertad y seguridad. Nunca encontrarán a los ciudadanos más dispuestos a aceptar recortes en sus libertades. Dispuestos a comprender que, para controlar a un terrorismo tan cruel y escurridizo, es necesario limitar, e incluso eliminar si hace falta, las garantías de los derechos individuales, en aras de la seguridad colectiva.
Recortes y limitaciones que empiezan a aplicarse con carácter temporal y excepcional, pero que luego terminan por no levantarse nunca del todo: a Obama le queda poco más de un año de mandato y todavía no ha podido cumplir su promesa de cerrar el limbo jurídico de Guantánamo ni derogar la muy excepcional la ley patriótica de Bush junior (que ha permitido, entre otras cosas, realizar un control universal de teléfonos y correos electrónicos). Esos catorce años de excepcionalidad quizá han podido rebajar algo el nivel de amenaza terrorista en suelo norteamericano, pero no desde luego en un escenario que incluye el Oriente Medio, Europa y casi la mitad del continente africano.
En ese escenario, la guerra caliente se centra en estos momentos en Siria e Irak, donde el llamado Estado Islámico ha ocupado territorios en los que empezar a montar su delirio de establecer un nuevo califato, pero los efectos colaterales afectan, en mayor o menor grado, a los países vecinos y a Europa, en unos casos por la masiva afluencia de fugitivos del terror islamista (y de la dictadura de Al Asad, que todo hay que decirlo) y en otros por la actividad terrorista. La sangre corre por todo ese panorama. Más en Siria e Irak, claro, donde los muertos (todos árabes y la mayoría musulmanes) superan ya los trescientos mil, y los desplazados rebasan los trece millones (nueve en su propio país y más de cuatro millones en los países fronterizos y, desde este verano, también vagando por Europa adelante).
Las declaraciones solemnes y las medidas excepcionales tampoco dejan hueco para la autocrítica. Los asesinatos terroristas no caen del cielo, aunque se cometan en nombre de Alá. Son producto de un complejo entramado de circunstancias históricas, sociales y económicas (y religiosas, no se olvide), en las que Occidente también se manchó las manos, directamente o a través de aliados interpuestos. “Vos guerres, nos morts” (“vuestras guerras, nuestros muertos”) es el lema de un montaje que circula por Facebook sobre una foto en que aparecen Putin, Cameron, Obama y Hollande. No están todos los que son (faltan Al Asad, Al Bagdadi y los monarcas del petróleo, por ejemplo), pero son todos los que están.

Lo triste es que sean necesarios tantos muertos inocentes (en Siria, en Irak, en Turquía, en Líbano, en Francia… ) para que en algún momento culpables y responsables lleguen a plantearse alguna vía de entendimiento. Por ahora, ni las premiosas reuniones de Viena ni el pronunciamiento puramente retórico sobre los asesinatos de París en la reunión del G-20 ofrecen muchas esperanzas de que ese entendimiento esté cerca. Malos tiempos para los equilibrios.