martes, 2 de octubre de 2018

Marat-Sade en el recuerdo (cincuenta años)

Programa de mano de la representación del Marat-Sade
en el Teatro Español, de Madrid, en 1968
El montaje del Marat-Sade que se representó hace cincuenta años (los días 2, 3 y 4 de octubre de 1968) en el Teatro Español de Madrid es la experiencia teatral más impresionante a la que he podido asistir. Supongo que influye el ambiente en que se desarrolló, en aquel año tan intenso. Como el propio Adolfo Marsillach recuerda en sus memorias (Tan lejos, tan cerca. Mi vida), la primera representación -la del estreno habitual, con críticos e invitados- transcurrió entre el desconcierto inicial por la puesta en escena y la lenta asimilación de la reflexión profunda que se transmitía en los diálogos entre Marat y Sade, mezclada con la agitación progresiva y delirante del resto de personajes, hasta culminar en una apoteosis a la que se terminó sumando, con sus gritos y sus aplausos, un público, el de los estrenos, que suele medir sus reacciones. Más activo estuvo el público de la segunda representación (que fue a la que yo asistí), que arropó la obra con aplausos continuos, jaleando las frases más incendiarias. Y con lanzamiento final de octavillas antifranquistas, aprovechando que el montaje incluía un lanzamiento de octavillas con mensajes de la revolución francesa. 
Naturalmente, al tercer día, el teatro fue ocupado por funcionarios adictos al régimen y la policía se encargó de disolver a los que protestaron cuando se encontraron las taquillas cerradas. Bajo la amenaza de cierre si se producía el más mínimo incidente, la obra pudo representarse posteriormente en Barcelona, en el Teatro Poliorama, hasta que a finales de enero de 1969 se declaró el estado de excepción (contra las movilizaciones estudiantiles, agudizadas por la muerte de Enrique Ruano, al caer desde una ventana de su casa cuando la Brigada Político-Social la registraba) y el autor, Peter Weiss, solidarizándose con las protestas contra el régimen, decidió prohibir la representación de su obra. 
Fue un poco el final de un periodo de aperturismo del régimen, con Manuel Fraga al frente del Ministerio de Información y Turismo, del que, curiosamente, dependían las actividades culturales, y que, a lo largo de los años sesenta, permitió fenómenos como el llamado nuevo cine español (Carlos Saura, Miguel Picazo, Basilio Martín Patino... que se sumaban a la senda abierta por García Berlanga y Bardem) o una programación de calidad en los teatros nacionales (de los que fui un asiduo porque una hija de García Escudero, director general de Cinematografía y Teatro, era compañera en la Escuela de Periodismo y nos surtía de invitaciones: Misericordia, de Pérez Galdós; La buena persona de Sezuan, de Brecht, o Los verdes campos del edén, de un novel Antonio Gala, son algunos de los títulos que se me ocurren ahora).
Pero, volviendo al Marat-Sade, al margen del contexto político que le daba una dimensión especial, el espectáculo que dirigió Adolfo Marsillach fue, en su momento, una auténtica revolución en la puesta en escena. El propio título de la obra da idea de su complejidad: Persecución y asesinato de Juan Pablo Marat, representado por los asilados del Hospital de Charenton, bajo la dirección del señor de Sade. Teatro dentro del teatro, con los asilados de un manicomio sirviendo de coro delirante a las reflexiones filosóficas entre los personajes de Marat y de Sade, en paralelo a la representación de los avatares revolucionarios y del asesinato de Marat. El espectacular diseño escenográfico de Francisco Nieva (que incluía jaulas para contener a los dementes), la magnífica actuación del grupo Cátaro en el coro de locos y dos monstruos de la interpretación encarnando los personajes principales (José María Prada como Marat y Marsillach como Sade) compusieron un universo dramático impensable en aquel tiempo y en aquellas circunstancias. Una demostración de que las capacidades y las sensibilidades de la sociedad española desbordaban la mezquindad y el raquitismo intelectual de un régimen ya más que agotado, aunque todavía durase siete años más.
(Nota personal: vi la obra desde un palco con varios amigos de Madrid y de Cádiz entre ellos la que hoy es mi mujer. En el palco de al lado estaba Joan Manuel Serrat, el periodista Antonio D. Olano y el dramaturgo Alfonso Sastre, autor de la versión española que se estaba representando, aunque se vio obligado a firmar con el seudónimo de Salvador Moreno Zarza, para no complicar más los problemas con las autoridades. Y en el patio de butacas, Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga y entonces director general de Cultura Popular y Espectáculos, que de vez en cuando se volvía a otear el horizonte de palcos y anfiteatros. Marsillach comenta que había una foto en la que se veía a Robles aplaudir en medio de gente con el puño en alto. Nos lo pasamos muy bien)
Ficha técnica del montaje de Marat-Sade en Madrid, en 1968

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