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viernes, 22 de febrero de 2019

Ligero de equipaje



Ante la tumba de Antonio Machado en Cotllioure
(primavera de 2012)
Este artículo fue publicado el 22 de febrero de 2014 en El Diario Fénix, publicación digital dirigida por José Manuel García, hoy tristemente desaparecida. Entonces hacía 75 años de la muerte de Antonio Machado. Hoy hace 80 años pero las consideraciones que hacía entonces siguen siendo válidas.


Había andado muchos caminos, convencido precisamente de que se hace camino al andar. Desde aquel patio de Sevilla donde maduraba el limonero hasta el modesto hotel Quintana, en Cotlliure (en catalán, que es idioma que también manejan en ese entrañable pueblo de la costa brava francesa), donde murió un 22 de febrero de hace setenta y cinco años. Había soñado caminos de la tarde, añorando la aguda espina dorada de la pasión que se había arrancado un día, y murió a las cuatro de la tarde. En el bolsillo de su gabán, con el que trataba inútilmente de protegerse de la neumonía que lo estaba matando, encontraron un papel arrugado con el último verso que había escrito: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Indescifrable fuera de contexto, pero como si volviese a la luz y al calor de los recuerdos sevillanos.
Ante el busto de Antonio Machado (obra de
Pablo Serrano), en Soria. Agosto de 2011.

En aquella triste y terrible guerra, murieron centenares de miles de seres anónimos, de esos de los que, como decía el personaje Miralles de Soldados de Salamina, casi nadie se acuerda y con cuyos nombres no bautizaron ninguna calle miserable de ningún pueblo miserable. Que sólo viven en el recuerdo de sus familiares y amigos –muchos de ellos todavía andan buscándolos por cunetas y campos perdidos para darles una digna sepultura– y morirán definitivamente cuando ya no quede nadie que los recuerde.
Quizá por eso, para que no desaparezcan de la memoria colectiva las referencias a tan atroz episodio de nuestro pasado no tan lejano, hay algunos nombres relacionados con esa tragedia que son compartidos por sensibilidades universales. Al hilo de su genio literario, artístico, científico o incluso político, sus sufrimientos personales, sus dolorosos finales, asumen la representación de todo un pueblo absurdamente sacrificado en los altares de las venganzas ideológicas.
Y así, de la misma forma que Federico García Lorca caminó hacia la muerte como uno más de los ejecutados sumariamente cada madrugada, y que Miguel Hernández se pudrió literalmente en la cárcel como tantos otros cuya salud no pudo resistir unas condiciones de vida que quizá sólo eran un poco peor de las que se impusieron fuera de las cárceles a muchos supervivientes desafectos, y se convirtieron así en los símbolos literarios de una represión infinita, Antonio Machado, hace setenta y cinco años, se convirtió en la muestra agonizante del angustioso exilio de los vencidos.
Entre aquella marea humana que huía del fascismo triunfante en España y que apenas unos meses después se encontraría con el nazismo agresor –los que hubiesen sobrevivido a unos campos de refugiados que no se distinguían mucho de los campos de castigo que habían dejado atrás–, Antonio Machado fue uno más, eso sí más conocido y admirado, entre los miles que perdieron la vida en su peregrinaje doliente hacia la libertad. Envuelto en la republicana bandera tricolor, a hombros de milicianos, su cadáver fue depositado en el pequeño cementerio del pequeño pueblo costero donde se perdió la senda que nunca volvería a pisar. Ligero de equipaje, desde luego, como había previsto en su autorretrato poético. Y con toda la carga de ejemplaridad que nos transmite su recio compromiso con el pueblo herido por aquella guerra trazada por una odiosa mano.


Escultura de Antonio Machado en Segovia. A la derecha, mi amigo Arturo Vega,
de cuya muerte se cumplirán cinco años en mayo. (La foto es de agosto de 2011)


viernes, 22 de enero de 2016

Memoria de la guerrilla antifranquista

De izquierda a derecha, Manuel Velasco, Afonso Eiré y Francisco Rodríguez
Iglesias, en la presentación del libro O Piloto. El último guerrillero, en el
salón de actos de la Casa de la Provincia, en Sevilla
La guerrilla antifranquista ha sido muy mal historiada, recordaba ayer Francisco Martínez, Quico, nonagenario superviviente de la agrupación guerrillera que dirigió Xosé Luis Castro, O Piloto, en tierras de Lugo. Fue una intervención vía telefónica en el acto de presentación en Sevilla del libro O Piloto. El último guerrillero (traducción al castellano del original en gallego, publicado el año pasado). En el acto habían hablado antes el editor Francisco Rodríguez Iglesias, presidente de Hércules de Ediciones; Manuel Velasco, presidente de la asociación Guerra y Exilio-Memoria Histórica de Andalucía, y el autor, el periodista gallego Afonso Eiré, nacido en el municipio de Chantada, precisamente donde O Piloto estableció su base de operaciones. 
En efecto, como podía deducirse de las diversas intervenciones, la guerrilla ha quedado relegada al capítulo de elementos colaterales o residuales de la lucha antifranquista. Catalogada por la propaganda del franquismo como actividades de bandidaje, tampoco las fuerzas más representativas de la oposición democrática la aceptaron, sobre todo después del final de la segunda guerra mundial, cuando las potencias occidentales, en el clima de guerra fría que sucedió a la derrota de los fascismos, prefirieron tolerar la dictadura de Franco. Distanciándose de la continuidad de la lucha armada, las fuerzas antifranquistas pretendían ofrecer una imagen de moderación y estabilidad, pero de poco les sirvió ante una situación internacional que favoreció a los intereses que Franco representaba y defendía con su implacable represión.
En realidad, cuando la guerrilla surgió en Galicia en 1938, el gobierno de la República no apoyó la apertura de ese frente en la retaguardia del enemigo. Diez años después, el Partido Comunista -al que estaban ligadas las agrupaciones guerrilleras gallegas- dio por clausurada esta vía de resistencia de forma abrupta, dejando colgados a los guerrilleros, sin ningún tipo de ayuda -ni siquiera para escaparse-, a merced de la represión del régimen. Aun así, O Piloto y sus hombres continuaron su actividad hasta los años sesenta, convirtiéndose en el último reducto de la resistencia armada. En 1965, un 10 de marzo (curiosamente el mismo día en que, siete años después, murieron en Ferrol dos obreros, por disparos de la policía), O Piloto fue abatido a tiros por la guardia civil.
Si resistieron hasta entonces, como insistía ayer Quico -en un impresionante y lúcido testimonio-, era porque contaba con apoyo en el pueblo. Un apoyo y una conciencia que se mantenía todavía años después, cuando, en los últimos años del franquismo y primeros de la transición -lo recordaba Afonso Eiré, que trabajó personalmente aquellos primeros momentos de reorganización-, empezaron a configurarse los núcleos iniciales de las Comisións Labregas.
Tanto Eiré como Manuel Velasco insistieron en que a los guerrilleros no se les ha reconocido su condición de últimos soldados de la República. Como lamenta el autor del libro, todavía estamos tratando de reivindicar a las víctimas cuando deberíamos estar homenajeando a los luchadores.