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miércoles, 17 de febrero de 2016

Campaña político-mediática contra la izquierda

Periodistas en la manifestación del Primero de Mayo de 2012, en Sevilla
Que en una protesta presuntamente laboral se le grite "rojo de mierda" al destinatario de la protesta puede ser ilustrativo de los nuevos modos que provoca la dinámica de cambio abierta por el nuevo intento de resucitar a la izquierda. Como si una parte de la policía (porque se trata de la policía municipal de Madrid y protestan contra la reducción de las unidades antidisturbios) recuperase el espíritu de las fuerzas represivas franquistas. Ya no son sólo los banqueros, los grandes empresarios y la derecha más militante los que muestran su inquietud (y su odio) hacia quienes pretenden establecer un cierto equilibrio social, limando las injusticias más sangrantes de un sistema económico basado en la desigualdad. Los medios de comunicación convencionales -los que cuentan con respaldo interesado que les permite sobrevivir en esta crisis de la precariedad- se alinean, por supuesto, con la maraña del poder establecido, del que esos medios también forman parte. Entre todos, han desplegado esa gran campaña político-mediática contra quienes vuelven a hablar de las viejas aspiraciones de la izquierda, olvidadas en gran medida por la izquierda integrada. Lo despliegan, entre otras cosas, para intentar que esa izquierda integrada no caiga en la tentación de volver a sus orígenes. 
Sobre esa campaña y sobre el poder manipulador de ciertos medios de comunicación trata este artículo publicado en El Diario Fénix:
http://www.eldiariofenix.com/?q=content/el-poder-de-la-manipulaci%C3%B3n-informativa

Parece que han desaparecido los enlaces de El Diario Fénix. Por eso, incorporo aquí el texto original del artículo al que hago mención.

EL PLUMILLA ERRANTE

El poder de la manipulación informativa

José A. Gaciño (El Diario Fénix, 16-2-16)

Muy bien debe de estar haciéndolo el gobierno municipal de Madrid cuando las grandes críticas a su gestión se refieren al vestuario de los reyes magos en la cabalgata de este año, a la retirada de una lápida relacionada con la guerra civil y a un desafortunado espectáculo de títeres, además de algunas actividades de algunos de sus miembros hace cuatro o cinco años, cuando ni siquiera pensaban en ser algún día concejales. Son casi las únicas referencias a la labor del Ayuntamiento de Madrid que trascienden al resto de la ciudadanía española a través de los medios de comunicación convencionales.
Quizá los ciudadanos madrileños tienen una información más completa y matizada en medios locales, aunque es posible que tampoco, a juzgar por lo que sucede en otras ciudades gobernadas por candidaturas similares. Por las referencias que conozco del tratamiento informativo que reciben los nuevos ayuntamientos de Cádiz o de Compostela –por ejemplo–, no es muy atrevido afirmar que estos nuevos gobiernos municipales desarrollan su trabajo en medio de un auténtico bloqueo informativo, salpicado de ataques continuos ante cualquier gesto, incluidos (o quizá sobre todo) los menos importantes. El contrapeso que pueden significar algunas publicaciones digitales, las redes sociales o el programa televisivo del Gran Wyoming no son suficientes para equilibrar su imagen ante la opinión pública.
Cuando el Ayuntamiento de Madrid anunció la creación de una web para puntualizar las informaciones que entendiese que no se ajustaban a los hechos o datos objetivos, se le acusó de querer limitar la libertad de expresión y de no admitir las críticas. Al Ayuntamiento de Cádiz se le ridiculizó cuando celebró una asamblea informativa en una plaza pública, para tratar de hacer llegar directamente a los ciudadanos los mensajes y noticias que los medios de comunicación convencionales ignoraban o tergiversaban.
Para completar el panorama y convencernos de la escasa independencia de los grandes medios informativos españoles, basta comprobar el gran despliegue mediático contra Podemos (el núcleo principal de gran parte de las candidaturas unitarias que gobiernan esos ayuntamientos “malditos”). En esa confusa mezcla de informaciones especulativas, declaraciones amenazadoras y editoriales esquizofrénicos (en los que se clama contra la corrupción mientras se piden pactos con los corruptos o se acusa a los socialistas de vendepatrias a la vez que se le pide que participe en un gobierno de unidad nacional) con la que nos entretienen a falta de un nuevo gobierno, casi todos coinciden en pintar a Podemos como la gran bestia negra del degradado panorama político español. Entre otras cosas, le acusan, curiosamente, de tratar de practicar la manipulación mediática, una práctica en la que todavía tiene mucho que aprender de quienes lo demonizan.
No es nuevo este comportamiento de los grandes poderes establecidos, de los que los medios de comunicación forman parte. En los primeros años de la transición, entre la aparición de nuevos medios progresistas y que los antiguos medios no sabían hasta dónde podía llegar la democracia, todavía se guardaban ciertos equilibrios. Poco a poco, a medida que se fueron comprobando las fuerzas de unos y otros, que alguna izquierda se fue acomodando a los vicios del poder y que los medios inicialmente progresistas o han desaparecido o se han acomodado igualmente a los mismos vicios, ha quedado claro de qué parte están los grandes medios de comunicación, que son los que siguen marcando la pauta a la opinión pública (sobre todo, la televisión), a pesar de lo que se puedan agitar las redes sociales.

El líder de Podemos habló un día de asaltar los cielos de la política. Alguien, algunos, muchos a poder ser, podrían pensar en pisar tierra firme y sentar las bases de una información libre y crítica.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Difícil equilibrio entre libertad y seguridad

Diseño de Jean Jullien, a propósito de los atentados de París, en
el que fusiona el símbolo de la paz con la Torre Eiffel
No es fácil reaccionar con racionalidad ante ataques terroristas tan brutales como los que se perpetraron el viernes 13 en París, sobre todo cuando forman parte de una cadena de ellos que ya ensangrentaron la propia capital francesa y diversos lugares de la cuenca mediterránea, por limitarnos sólo a los de este año. Una reacción visceral lleva a respuestas vengativas y contundentes, que, por lo general, resultan poco eficaces para erradicar un fenómeno que se alimenta precisamente de sentimientos viscerales de odio y venganza, a partir de agravios reales o inducidos. 
Desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York -el hito emblemático de este nuevo terrorismo global-, las respuestas bélicas no han dado el fruto adecuado. En algunos casos -la ocupación de Irak, por ejemplo- resultaron contraproducentes. Los primeros pasos del gobierno francés -intensificando los bombardeos en Siria y endureciendo las medidas internas para situaciones de excepción- parece que van en la misma dirección, aunque su intención de entenderse con Rusia indica una corrección en la postura occidental, hasta ahora firme, de no negociar con el régimen de Bachar Al Asad.
Sobre el debate que los ataques terroristas generan en el seno de las sociedades democráticas -el de sacrificar ciertos niveles de libertad en aras de una mayor seguridad colectiva- trata especialmente este nuevo artículo del plumilla errante en El Diario Fénix:

http://www.eldiariofenix.com/?q=content/malos-tiempos-para-los-equilibrios#.VkxQNcnmaPg.twitter

El enlace ya no enlaza. Por eso, reproduzco aquí el texto:

EL PLUMILLA ERRANTE

Malos tiempos para los equilibrios

José A. Gaciño (El Diario Fénix, 18-11-2015)

Son momentos de declaraciones solemnes y rotundas. Y de medidas excepcionales que sirvan para calmar la ansiedad de la ciudadanía vulnerable y transmitan la sensación de que se reacciona con contundencia. Un efecto tranquilizador de consumo interno (para las víctimas reales o potenciales), que no siempre tiene la eficacia deseada frente a quienes agreden desde dentro o desde fuera, pero siempre de forma imprevisible e indiscriminada.
Abrumados por la brutalidad de ataques como el del viernes 13 en París (como unos días antes en una mezquita chií en Beirut, y unas semanas antes en una manifestación pacifista en Ankara, por no remontarnos al 11-S neoyorquino en 2001, al 11-M madrileño en 2004 o al 7-J londinense de 2005), la emoción y la rabia no deja ver los matices y se da por buena cualquier decisión destinada a perseguir a los fanáticos, aunque, en la mayoría de los casos, la autoinmolación elimina fanáticos que perseguir.
El clima es propicio para que los gobiernos desnivelen el delicado equilibrio entre libertad y seguridad. Nunca encontrarán a los ciudadanos más dispuestos a aceptar recortes en sus libertades. Dispuestos a comprender que, para controlar a un terrorismo tan cruel y escurridizo, es necesario limitar, e incluso eliminar si hace falta, las garantías de los derechos individuales, en aras de la seguridad colectiva.
Recortes y limitaciones que empiezan a aplicarse con carácter temporal y excepcional, pero que luego terminan por no levantarse nunca del todo: a Obama le queda poco más de un año de mandato y todavía no ha podido cumplir su promesa de cerrar el limbo jurídico de Guantánamo ni derogar la muy excepcional la ley patriótica de Bush junior (que ha permitido, entre otras cosas, realizar un control universal de teléfonos y correos electrónicos). Esos catorce años de excepcionalidad quizá han podido rebajar algo el nivel de amenaza terrorista en suelo norteamericano, pero no desde luego en un escenario que incluye el Oriente Medio, Europa y casi la mitad del continente africano.
En ese escenario, la guerra caliente se centra en estos momentos en Siria e Irak, donde el llamado Estado Islámico ha ocupado territorios en los que empezar a montar su delirio de establecer un nuevo califato, pero los efectos colaterales afectan, en mayor o menor grado, a los países vecinos y a Europa, en unos casos por la masiva afluencia de fugitivos del terror islamista (y de la dictadura de Al Asad, que todo hay que decirlo) y en otros por la actividad terrorista. La sangre corre por todo ese panorama. Más en Siria e Irak, claro, donde los muertos (todos árabes y la mayoría musulmanes) superan ya los trescientos mil, y los desplazados rebasan los trece millones (nueve en su propio país y más de cuatro millones en los países fronterizos y, desde este verano, también vagando por Europa adelante).
Las declaraciones solemnes y las medidas excepcionales tampoco dejan hueco para la autocrítica. Los asesinatos terroristas no caen del cielo, aunque se cometan en nombre de Alá. Son producto de un complejo entramado de circunstancias históricas, sociales y económicas (y religiosas, no se olvide), en las que Occidente también se manchó las manos, directamente o a través de aliados interpuestos. “Vos guerres, nos morts” (“vuestras guerras, nuestros muertos”) es el lema de un montaje que circula por Facebook sobre una foto en que aparecen Putin, Cameron, Obama y Hollande. No están todos los que son (faltan Al Asad, Al Bagdadi y los monarcas del petróleo, por ejemplo), pero son todos los que están.

Lo triste es que sean necesarios tantos muertos inocentes (en Siria, en Irak, en Turquía, en Líbano, en Francia… ) para que en algún momento culpables y responsables lleguen a plantearse alguna vía de entendimiento. Por ahora, ni las premiosas reuniones de Viena ni el pronunciamiento puramente retórico sobre los asesinatos de París en la reunión del G-20 ofrecen muchas esperanzas de que ese entendimiento esté cerca. Malos tiempos para los equilibrios.