| Tumba modernista en el cementerio de Lloret de Mar (Girona). Abril de 2012 |
Enredado en su propia pasividad, Mariano Rajoy aparece como el don Tancredo del ruedo político o como el paciente vengativo que espera ver pasar el cadáver de su enemigo, dicho sea en sentido metafórico (lo del cadáver, no lo del enemigo). Ni se ha molestado en buscarse apoyos para hacer valer su condición de candidato de la lista más votada, consciente quizá de que la interminable corrupción
que emana de sus filas le van convirtiendo a él y a su partido en apestados a quienes nadie se quiere acercar.
Parece como si la última posibilidad que le quedase fuese que, entre las presiones europeas, las campañas mediáticas (todos contra Podemos, con El País en cabeza) y las maniobras internas del viejo aparato cainita del PSOE, lograsen lo que Rajoy es incapaz de alcanzar en unas negociaciones. Mientras, deshojaremos la margarita de los pactos imposibles y las esperanzas perdidas. Algo de eso se puede leer en este artículo publicado en El Diario Fénix:
http://www.eldiariofenix.com/?q=content/esperando-el-cad%C3%A1ver-el-enemigo
A falta del enlace con El Diario Fénix, reproduzco el artículo en su formato original:
A falta del enlace con El Diario Fénix, reproduzco el artículo en su formato original:
EL PLUMILLA
ERRANTE
Esperando el cadáver del enemigo
José A. Gaciño (El Diario Fénix, 8-2-16)
La
Comisión Europea –que tiene a cientos de miles de refugiados vagando por los
caminos del continente o atrapados entre fronteras que creíamos superadas–está,
sin embargo, preocupada por el futuro gobierno de España. Se toma con
parsimonia un grave problema de asistencia humanitaria que puede poner en
peligro algunos de los aspectos más destacados de la construcción de la unidad
europea, como el de la libre circulación de personas por el espacio Schengen,
pero se muestra impaciente ante los retrasos en la formación de nuevo gobierno
en España. Ante los retrasos y ante su composición.
Sin
llegar a los extremos del PP, que predice la ruina del país si sale adelante un
gobierno de socialistas, radicales e independentistas, desde Bruselas insisten
en la necesidad de un gobierno estable, que cumpla con sus obligaciones
europeas, como insinuando que determinadas opciones que aspiran a gobernar en España podrían no tener claras
esas obligaciones. No deben de estar muy seguros de la cohesión europea en
materia económica, a pesar de que, después de obligar a Grecia a renunciar a
sus políticas de reactivación, parecía que estaba claro que nadie puede salirse
del rumbo marcado hacia la desigualdad y que la satisfacción de las deudas es
lo primero, sobre todo si quien recauda los intereses es un banco alemán.
La
presión europea viene a unirse a las presiones que le llueven al líder
socialista incluso, o sobre todo, desde sus propias filas. Casi desde la misma
noche de las elecciones del pasado 20 de diciembre, los guardianes de las
esencias del aparato del PSOE no han dejado de advertir a Pedro Sánchez sobre
las malas compañías. Aparentemente de acuerdo con su postura de no apoyar a
Rajoy ni por activa ni por pasiva, son muy alarmistas sobre posibles
entendimientos con la izquierda radical de Podemos y totalmente reacios a que
los independentistas apoyen su investidura, aunque sea por la vía de la
abstención. Es decir, no le dejan apenas margen de maniobra. En resumen, queda
claro que determinados barones feudales del PSOE –algunos de los cuales,
curiosamente, han pactado con Podemos en su comunidad autónoma– no se fían de
su secretario general.
En
el exterior, no lo tiene más fácil. Las fuerzas emergentes (Podemos y
Ciudadanos) se confiesan incompatibles entre si, lo cual complica las
posibilidades de combinación para que salgan los números. La guerra de todos
contra todos parece sugerir que ya ha empezado la nueva campaña electoral y que
el objetivo de cada uno es echarle la culpa a los demás de la imposibilidad de
formar gobierno. Particularmente cínica es la postura del PP, que, después de
despreciar la oferta del rey para intentar la investidura, ahora mete prisa a
Pedro Sánchez –que ha asumido con dignidad patriótica el marrón de fracasar en
su investidura– para que se estrelle cuanto antes y empiecen a correr los
plazos.
También
le acusan de no querer dialogar con el partido más votado, como si ellos no se
hubiesen cerrado por completo al diálogo mientras tuvieron mayoría absoluta, y
como si su líder, en la semana siguiente a las elecciones, no se hubiese limitado
a recibir en audiencia a los demás líderes políticos, en su despacho de presidente
del gobierno, como para significar su preeminencia sobre el resto de simples
candidatos (no es el único que utiliza un escenario institucional para sus
negocios partidistas: Artur Mas y Susana Díaz hicieron lo mismo en su momento).
Más que una apertura de negociaciones, parecía una parodia de la ronda de
consultas que le corresponde al jefe del Estado.
Como
en la viñeta de Peridis en El País,
Rajoy ni se molesta en levantarse del catafalco para ver pasar el cadáver de su
enemigo. Espera que las presiones europeas, mediáticas y del propio aparato
socialista le hagan el trabajo, antes o después de unas nuevas elecciones. Ya
veremos si queda Rajoy para entonces y entre quiénes se sortea la culpa de que
sigan en el gobierno los campeones de la corrupción.
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