Si
un partido político no gana el apoyo de los electores, o
pierde de manera más o menos contundente los apoyos que tenía,
es lógico pensar que sus propuestas no conectan con la visión
que la mayoría de los electores tiene de sus intereses. A
partir de esa constatación evidente, los análisis se
enredan en la múltiple variedad de matices a considerar y, en
consecuencia en las posibles soluciones que eviten futuros fracasos.
Por ejemplo, si las propuestas eran adecuadas pero falló la
manera de transmitirlas, no se "vendieron" bien, por lo que
hay que buscar un nuevo "vendedor" o una nueva estrategia
publicitaria. En este caso, se trataría de un problema
relativamente menor.
Más
complicado es cuando se llega a la conclusión de que lo que
fallan son las propuestas mismas, bien porque no están
ajustadas a la realidade o porque, aún siendo realistas y
racionales, no se corresponden con los intereses de una mayoría
de electores. Si no se ajustan a la realidad, evidentemente, hay que
cambiarlas (o marcharse para casa, que muchas veces es lo más
provechoso para todos). Pero si los proponentes están
convencidos de que sus propuestas son las más ajustadas a la
realidad y al interés general (que nunca será realmente
general, claro, sino de una mayoría suficiente de ciudadanos),
se abre el dilema de cambiarlas, para acomodarlas más a los
"gustos" coyunturales del votante-cliente, o de insistir en
ellas hasta convencer al votante-ciudadano de la racionalidad del
proyecto o hasta que la evolución de las circunstancias remate
por dar la razón a los proponentes.El juego de matices depende también de la concepción del "negocio" político: si se considera al votante como cliente al que colocar una mercancía o se le considera como ciudadano al que convencer de una determinada manera de organizar y resolver los asuntos públicos. En el primer caso, la flexibilidad ideológica de un partido, y no digamos de un político individual, puede estirarse todo lo que se quiera, por lo menos en campaña electoral, que ya en el gobierno habrá argumentos circunstanciales suficientes para justificar cualquier cambio de rumbo, por alejado que parezca de los programas iniciales (y en estos días estamos teniendo ejemplos suficientes sobre medidas de gobierno que contradicen rotundamente muchos de los principios declarados en campaña o en la oposición, como también los hubo en el gobierno anterior).
En cuanto al segundo caso, lo de considerar al votante como ciudadano consciente, si realmente se está convencido de la justeza de las propuestas propias, es cuestión de afrontar una estrategia de desarrollo pedagógico crítico para intentar que lleguen y calen en la opinión pública, incluso renunciando a beneficios electorales inmediatos. En este sentido, ningún momento mejor que la actual crisis para abrir un debate serio y profundo sobre la verdadera crisis de fondo con la que se puede encontrar la humanidad a largo plazo (y puede que a medio, si continúa la aceleración de la precariedad), cuando la dinámica del crecimiento irracional y despilfarrador, junto con una demografía descontrolada, entre en colisión con la limitación de recursos en un planeta deteriorado por la contaminación ambiental.
De momento, predomina el corto plazo y con efectos retroactivos. Predominan, tanto en los partidos que ganan como en algunos de los que pierden, los que piensan que la salida de la crisis consiste en volver al punto de partida anterior a la crisis, a la misma situación que la provocó. Es decir, instalarse en la crisis permanente.
(Contraposición.
18-2-12)
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