Este es el texto completo del prólogo del libro "Por las vereas del cante". Da una idea sobre la importancia de este libro que acaba de salir:
Uno de los cantares flamencos recopilados por
Demófilo –verdadero pionero en el acercamiento intelectual a este mundo–
lamenta la crueldad de la memoria, “porque causa el mayor mal recordando el
mayor bien”. Cuando los gitanos andaluces fueron asentándose en núcleos
urbanos, el recuerdo de la vida libre, idealizada como el equivalente al
paraíso perdido, se convierte en la dolorosa nostalgia con la que se fabrica el
cante jondo. Completando el razonamiento del cantar, el mayor mal, causado por
el recuerdo del mayor bien, termina sublimándose en el bien supremo de aquellas
creaciones artísticas a las que da origen.
Ese proceso de asentamiento urbano se produce en el
siglo XVIII, y especialmente a partir de la pragmática-sanción de Carlos III,
con la que el gobierno ilustrado de la época pretende convertir en sedentario e
integrar así en la actividad productiva a un colectivo que había hecho del
desarraigo su seña de identidad y que entendía la libertad como un ejercicio
errante. Para controlar ese proceso, comienzan a elaborarse los censos
específicos de gitanos en cada una de las ciudades en las que se iban
asentando.
Precisamente la publicación completa de los censos
de los gitanos de Cádiz de 1783 y 1784 constituye la joya de la corona de este
ensayo apasionado y abrumador, en el que Francisco Dodero y Gabriel Romero
Rubio han volcado sabiduría y entusiasmo. En esos censos se pueden rastrear los
antecedentes de algunas familias gitanas que resultaron decisivas en la génesis
del cante jondo. Por ejemplo, las de los Monge y los Ortega, que confluirían,
algo más de un siglo después, en la figura de Manolo Caracol, uno de los genios
del cante gitano.
Alrededor de esos censos, Dodero y Romero Rubio
tratan de explicarse y de explicarnos el trasfondo ideológico de la
persistencia de determinadas incógnitas en torno al origen del flamenco y a la
propia definición de los distintos niveles de complejidad artística que
comprende actualmente esa denominación genérica. Empleando toda su curiosidad
intacta de aficionados, sin cautelas ni prejuicios, irrumpen en terrenos que la
investigación profesional no se ha molestado en recorrer, explicando
previamente sus herramientas teóricas, para que nadie se llame a engaño sobre
su punto de partida ideológico, porque el problema no es la ideología con la
que cada uno guíe su actividad, sino anteponer los principios o los prejuicios
ideológicos al peso específico de los hechos o de los razonamientos lógicos. Soy
testigo privilegiado, por razones de amistad, de cómo fueron corrigiendo
matices y enfoques de aspectos concretos de su obra, a medida que sus estudios
e investigaciones les ponían de manifiesto circunstancias que desconocían,
aunque modificasen algunas de sus ideas previas. Han formado, por otra parte,
un tándem perfecto entre la pasión flamenca, casi genética, de Paco y el rigor
histórico y conceptual de Gabriel, para mantener la tensión crítica que este
torrente documental necesitaba.
Los autores han recorrido, entre otros campos, una
abundante bibliografía para rastrear la presencia gitana en la historia y
cultura españolas, en un ejercicio casi arqueológico, porque las huellas son
escasas y negativas. Y para descubrir las vereas de un cante que ahora es
reconocido en todo el mundo incluso oficialmente, pero que tuvo unos
comienzos envueltos en nieblas de
penuria y marginación.
De esas huellas históricas y literarias se deduce,
además, una indiferencia –cuando no una hostilidad explícita– hacia la
presencia gitana en la sociedad española. Algunos llegan a ignorar su
aportación más importante a la cultura de este país, la gestación del cante
jondo. Otros la minimizan hasta el punto de llegar a considerarlos como unos
advenedizos en un arte que llegan a atribuir a las paternidades más peregrinas
con tal de negar a los gitanos su condición de creadores.
En cambio, y a pesar de su razonado posicionamiento
gitanista, los autores de estas concienzudas vereas no desprecian nada ni a
nadie, porque consideran que el flamenco es un espacio inmenso por donde todos
pueden transitar, al paso ligero de la fiesta o con la huella profunda de lo
jondo, conservando lo primitivo o inventando nuevas prolongaciones del eco
inicial. Recogen y analizan diversos estudios elaborados desde diferentes
planteamientos ideológicos, resaltando las aportaciones de cada uno a la
investigación y a la sistematización del arte flamenco, pero no eluden mojarse
en el debate con aquellas posiciones que consideran equivocadas o manipuladas,
siempre, eso sí, desde una rigurosa postura de respeto a los argumentos de cada
uno.
No pretenden, pues, estar en posesión de la verdad
absoluta, aunque nunca bajan la guardia en la defensa de sus argumentos. Con su
cargamento de fechas, citas, críticas, polémicas y razonamientos, sólo aspiran
a reivindicar el sitio que corresponde a los gitanos en la creación de ese arte
del que hoy muchos presumen, pero que en otro tiempo era condenado desde los
círculos encorsetados de la cultura oficial por vulgar y canalla. Coinciden en
esa reivindicación con la visión de ilustres intelectuales que han reflexionado
sobre el flamenco, desde el ya mencionado Demófilo hasta Caballero Bonald o
Félix Grande, pero añaden algunos matices y, sobre todo, expresan su convicción
de que la expropiación de la paternidad del cante jondo a los gitanos proviene
de la arrogancia de una sociedad de cultura jerarquizada que no ha podido
consentir que una actividad artística de primer orden haya podido nacer en el
arroyo, de padres ilegítimos y marginados.
Y como colofón al estudio y la polémica, tienen también
un hueco para la memoria emocionada de cuatro grandes cantaores gaditanos (Enrique el Mellizo, Pericón de Cádiz, Aurelio
Sellé y Beni de Cádiz) en cuatro tabernas entrañables y características del
mundillo flamenco de una de las ciudades importantes en la geografía del cante,
de las que ninguna permanece ya abierta, pero que hubiesen merecido algún tipo
de declaración de interés cultural, quizá todavía a título póstumo. No estaría
de más que, en Cádiz, como en toda Andalucía y en toda España, se empezase a
valorar el patrimonio material relacionado con el flamenco, de la misma forma
que se ha conseguido el reconocimiento universal del flamenco mismo como
patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.
Desde la emoción y desde la reivindicación, desde la
rabia y desde la idea, Francisco Dodero y Gabriel Romero Rubio han trabajado a
fondo para defender, en estos tiempos de canon digital, los derechos de
propiedad intelectual que les corresponde a los gitanos en la creación del arte
flamenco. Espero y deseo que sus voces no se pierdan en el paradójico desierto
de la vertiginosa saturación informativa de nuestros días.
José A. Gaciño
Andalucía, 2011

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