martes, 17 de enero de 2012

Prólogo a las vereas del cante


Este es el texto completo del prólogo del libro "Por las vereas del cante". Da una idea sobre la importancia de este libro que acaba de salir:

Uno de los cantares flamencos recopilados por Demófilo –verdadero pionero en el acercamiento intelectual a este mundo– lamenta la crueldad de la memoria, “porque causa el mayor mal recordando el mayor bien”. Cuando los gitanos andaluces fueron asentándose en núcleos urbanos, el recuerdo de la vida libre, idealizada como el equivalente al paraíso perdido, se convierte en la dolorosa nostalgia con la que se fabrica el cante jondo. Completando el razonamiento del cantar, el mayor mal, causado por el recuerdo del mayor bien, termina sublimándose en el bien supremo de aquellas creaciones artísticas a las que da origen.

Ese proceso de asentamiento urbano se produce en el siglo XVIII, y especialmente a partir de la pragmática-sanción de Carlos III, con la que el gobierno ilustrado de la época pretende convertir en sedentario e integrar así en la actividad productiva a un colectivo que había hecho del desarraigo su seña de identidad y que entendía la libertad como un ejercicio errante. Para controlar ese proceso, comienzan a elaborarse los censos específicos de gitanos en cada una de las ciudades en las que se iban asentando.

Precisamente la publicación completa de los censos de los gitanos de Cádiz de 1783 y 1784 constituye la joya de la corona de este ensayo apasionado y abrumador, en el que Francisco Dodero y Gabriel Romero Rubio han volcado sabiduría y entusiasmo. En esos censos se pueden rastrear los antecedentes de algunas familias gitanas que resultaron decisivas en la génesis del cante jondo. Por ejemplo, las de los Monge y los Ortega, que confluirían, algo más de un siglo después, en la figura de Manolo Caracol, uno de los genios del cante gitano.

Alrededor de esos censos, Dodero y Romero Rubio tratan de explicarse y de explicarnos el trasfondo ideológico de la persistencia de determinadas incógnitas en torno al origen del flamenco y a la propia definición de los distintos niveles de complejidad artística que comprende actualmente esa denominación genérica. Empleando toda su curiosidad intacta de aficionados, sin cautelas ni prejuicios, irrumpen en terrenos que la investigación profesional no se ha molestado en recorrer, explicando previamente sus herramientas teóricas, para que nadie se llame a engaño sobre su punto de partida ideológico, porque el problema no es la ideología con la que cada uno guíe su actividad, sino anteponer los principios o los prejuicios ideológicos al peso específico de los hechos o de los razonamientos lógicos. Soy testigo privilegiado, por razones de amistad, de cómo fueron corrigiendo matices y enfoques de aspectos concretos de su obra, a medida que sus estudios e investigaciones les ponían de manifiesto circunstancias que desconocían, aunque modificasen algunas de sus ideas previas. Han formado, por otra parte, un tándem perfecto entre la pasión flamenca, casi genética, de Paco y el rigor histórico y conceptual de Gabriel, para mantener la tensión crítica que este torrente documental necesitaba.

Los autores han recorrido, entre otros campos, una abundante bibliografía para rastrear la presencia gitana en la historia y cultura españolas, en un ejercicio casi arqueológico, porque las huellas son escasas y negativas. Y para descubrir las vereas de un cante que ahora es reconocido en todo el mundo incluso oficialmente, pero que tuvo unos comienzos  envueltos en nieblas de penuria y marginación.

De esas huellas históricas y literarias se deduce, además, una indiferencia –cuando no una hostilidad explícita– hacia la presencia gitana en la sociedad española. Algunos llegan a ignorar su aportación más importante a la cultura de este país, la gestación del cante jondo. Otros la minimizan hasta el punto de llegar a considerarlos como unos advenedizos en un arte que llegan a atribuir a las paternidades más peregrinas con tal de negar a los gitanos su condición de creadores.

En cambio, y a pesar de su razonado posicionamiento gitanista, los autores de estas concienzudas vereas no desprecian nada ni a nadie, porque consideran que el flamenco es un espacio inmenso por donde todos pueden transitar, al paso ligero de la fiesta o con la huella profunda de lo jondo, conservando lo primitivo o inventando nuevas prolongaciones del eco inicial. Recogen y analizan diversos estudios elaborados desde diferentes planteamientos ideológicos, resaltando las aportaciones de cada uno a la investigación y a la sistematización del arte flamenco, pero no eluden mojarse en el debate con aquellas posiciones que consideran equivocadas o manipuladas, siempre, eso sí, desde una rigurosa postura de respeto a los argumentos de cada uno.

No pretenden, pues, estar en posesión de la verdad absoluta, aunque nunca bajan la guardia en la defensa de sus argumentos. Con su cargamento de fechas, citas, críticas, polémicas y razonamientos, sólo aspiran a reivindicar el sitio que corresponde a los gitanos en la creación de ese arte del que hoy muchos presumen, pero que en otro tiempo era condenado desde los círculos encorsetados de la cultura oficial por vulgar y canalla. Coinciden en esa reivindicación con la visión de ilustres intelectuales que han reflexionado sobre el flamenco, desde el ya mencionado Demófilo hasta Caballero Bonald o Félix Grande, pero añaden algunos matices y, sobre todo, expresan su convicción de que la expropiación de la paternidad del cante jondo a los gitanos proviene de la arrogancia de una sociedad de cultura jerarquizada que no ha podido consentir que una actividad artística de primer orden haya podido nacer en el arroyo, de padres ilegítimos y marginados.

Y como colofón al estudio y la polémica, tienen también un hueco para la memoria emocionada de cuatro grandes cantaores gaditanos (Enrique el Mellizo, Pericón de Cádiz, Aurelio Sellé y Beni de Cádiz) en cuatro tabernas entrañables y características del mundillo flamenco de una de las ciudades importantes en la geografía del cante, de las que ninguna permanece ya abierta, pero que hubiesen merecido algún tipo de declaración de interés cultural, quizá todavía a título póstumo. No estaría de más que, en Cádiz, como en toda Andalucía y en toda España, se empezase a valorar el patrimonio material relacionado con el flamenco, de la misma forma que se ha conseguido el reconocimiento universal del flamenco mismo como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Desde la emoción y desde la reivindicación, desde la rabia y desde la idea, Francisco Dodero y Gabriel Romero Rubio han trabajado a fondo para defender, en estos tiempos de canon digital, los derechos de propiedad intelectual que les corresponde a los gitanos en la creación del arte flamenco. Espero y deseo que sus voces no se pierdan en el paradójico desierto de la vertiginosa saturación informativa de nuestros días.


José A. Gaciño

Andalucía, 2011


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