miércoles, 2 de marzo de 2022

Ucrania hace ocho años

Recupero un texto que publiqué hace ocho años en el desaparecido Diario Fénix, del amigo José Manuel García, y que ya no se puede encontrar en internet. Entiendo que aporta cierto contexto a la actual situación de Ucrania y de Europa, tras la invasión del ejército ruso, a la espera de confeccionar un nuevo texto sobre los hechos que se están produciendo estos días. 


EL PLUMILLA ERRANTE

Guerra fría contra el derecho internacional

José A. Gaciño (El Diario Fénix. 21-3-14)

Ante una infracción del derecho internacional, es difícil encontrar al que pueda tirar la primera piedra. En estos momentos en que Rusia juega fuerte contra la nueva deriva prooccidental en Ucrania, se suceden las condenas a sus actuaciones en Crimea: su ocupación militar real (por mucho que esgrimiera la formalidad de que las tropas desplegadas en principio no estaban identificadas ni llevaban bandera) y el referéndum de emergencia para dar apariencia legal a la anexión han contravenido los principios básicos de no injerencia en los asuntos de otro Estado (la ocupación militar) y la Constitución de Ucrania (el referéndum).

Pero, como en tantas otras infracciones internacionales, lo que cuenta al final son las relaciones de poder. De poco le sirvió a Georgia contar con la razón del derecho internacional y el apoyo moral de la inmensa mayoría de los países del mundo cuando en 2008 las tropas rusas apoyaron y confirmaron la declaración de independencia de los territorios georgianos de Abjasia y Osetia del Sur. Y de nada le sirvió a Irak que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no autorizase la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados en la guerra de 2003. Por no remontarnos a los tiempos de las frecuentes intervenciones militares estadounidenses en países centroamericanos y caribeños (la última en 1989, en Panamá) o a las de la Unión Soviética en los países de su órbita (Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 o Afganistán en 1979).

La legalidad internacional suele esgrimirse cuando las ilegalidades las cometen otros. Nadie se libra de esa hipocresía, que lleva a disfrazar las ilegalidades propias con todo tipo de argumentos o de excusas. En el caso mismo de Ucrania, Occidente da por bueno el proceso de movilizaciones ciudadanas que desembocó en el derrocamiento del presidente Yanukóvich, mientras Rusia lo considera simplemente un golpe de estado. En medio, el oscuro acuerdo en el que Yanukóvich aceptó prácticamente todas las condiciones de la oposición y que no ha quedado claro si se rompió porque los grupos más extremistas de la oposición impusieron su marcha inmediata o porque el propio Yanukóvich optó por huir (por miedo o por guardarse la baza de presidente ilegalmente destituido).

Tampoco los argumentos y excusas se libran de hipocresías y contradicciones. Occidente defiende ahora la integridad territorial de Ucrania, pero no aplicó el mismo criterio en la desaparecida Yugoslavia, y si en el caso de las repúblicas balcánicas había referencias históricas y culturales que respaldaban las aspiraciones independentistas de cada una de ellas –además de la resistencia serbia a ceder su hegemonía–, en el caso de Ucrania concurren las mismas herencias de aluvión histórico que pesan sobre tierras que han conocido invasiones y migraciones procedentes de los cuatro puntos cardinales. Remontándose a hace sólo un siglo, los ucranianos participaron divididos y enfrentados en la primera guerra mundial: una mitad, con las tropas zaristas rusas, y la otra, con las del imperio austrohúngaro, una división que se reprodujo en parte durante la ocupación nazi en la segunda guerra mundial. Y remontándose sólo a veinte años atrás, Crimea ya intentó en 1994, tras la declaración de independencia de Ucrania (a la que había sido adscrita por Jruschov en 1954), la operación de volver a la Federación Rusa. El entonces presidente ruso Yeltsin, promotor de la desmembración de la URSS (que Occidente también vio con entusiasmo), se comprometió en un tratado con Estados Unidos y Ucrania a garantizar la integridad territorial del estado ucranio, a cambio de su desnuclearización.

Quizá lo que tenga que ceder Ucrania ahora sea precisamente la integridad territorial para llegar a un arreglo con el presidente ruso actual, que, a diferencia de Yeltsin, no está deslumbrado por el poder económico occidental, y pretende fortalecer la débil economía rusa y el orgullo patriótico a base de restaurar el viejo imperio y las viejas áreas de influencia, utilizando técnicas de la guerra fría frente al antiguo bloque occidental (ahora ampliado con los “tránsfugas” del bloque comunista), que parece no saber en qué guerra se está metiendo. Nadie quiere la confrontación armada y menos ante un enemigo con arsenal nuclear. De ello se aprovecha descaradamente el presidente Putin, que difícilmente va a aceptar objeciones de derecho internacional cuando sus propias leyes internas limitan seriamente los derechos y libertades de sus ciudadanos.

José María: una amistad que nunca estuvo en discusión

 

Nos conocimos de estudiantes en Madrid en los sesenta (del siglo pasado, claro), tiempos de movilizaciones y de esperanzas. Compartimos pensión, piso, amigos, inquietudes… En los setenta, incorporado cada uno a sus actividades profesionales, fue espaciándose el contacto, sobre todo cuando nos fuimos de Madrid, él a Málaga, yo a Coruña. A principio de los noventa, cuando ya habíamos perdido el contacto, es decir, sin premeditación alguna, nuestros respectivos caminos profesionales (directivo en una gran empresa constructora él, periodista yo) coincidieron en Sevilla, donde reanudamos una amistad que había permanecido como entre paréntesis durante algo más de diez años. Ahora, treinta años después, nuestra amistad ha vuelto a abrir otro paréntesis, esta vez definitivo. El pasado 7 de enero de 2022, hace ya casi dos meses, José María Núñez murió de repente.


Había tardado en reaccionar y ponerme a escribir sobre nuestra amistad, porque no terminaba de asimilar la idea de que no podría volver a reunirme con él, tomar unas copas y continuar nuestra interminable discusión sobre las turbulencias políticas a las que nuestra amistad seguía sobreviviendo. A José Luis, nuestro común amigo -también en las discusiones-, se le quebraba la voz aquel día, al comunicarme su muerte absolutamente inesperada. Aquella misma tarde y al día siguiente, en el tanatorio, se sucedieron los abrazos y las lágrimas con su esposa (ya su viuda), con sus hijos, con sus hermanos, con otros familiares y amigos… Pero incluso en los abrazos y las lágrimas, y en las palabras que nos intercambiábamos, parecía que nos movíamos como esperando que el ausente se incorporase en cualquier momento a la conversación. Quizá esperando que esa reincorporación imposible se produjese, este texto se ha quedado varado en el disco duro, donde lo he vuelto a encontrar en la continua revisión de los recuerdos.

Ahora ya estoy convencido del final. Definitivamente, tendré que añorar las apasionadas discrepancias con que envolvíamos una amistad que nunca estuvo en discusión.



La última foto de los tres amigos juntos, el 16 de diciembre de 2021.
José María es el de la derecha, José Luis es el del centro, y yo el de la izquierda


martes, 12 de enero de 2021

Paco Dodero, magisterio jondo

Paco Dodero (Foto de Antonio Galán)

Se nos ha muerto como del rayo, de ese rayo vírico que todavía no somos capaces de controlar, Paco Dodero, el más joven de la pandilla. Fue el pasado 8 de enero de este año que empieza tan mal como el año que ha terminado. Hace apenas cuatro meses que se nos fue otro compañero de debates, Celestino, este de otro rayo que tampoco somos capaces de controlar, el cáncer. Al resto de la tertulia del Bar Pablito, en la gaditana Avenida del 4 de Diciembre de 1977 (antes Ramón de Carranza y, siempre, paseo de Canalejas), se nos va poniendo cara de supervivientes, pero ninguno está dispuesto a rendirse mientras quede un aliento de esperanza y aunque sólo sea por guardar, unos pocos años más, el modesto tesoro de memoria común que conservamos.

Miembros de la tertulia en los escalones del monumento a Moret, en diciembre de 2012
El magisterio como profesión vocacional, la política como compromiso ciudadano y el flamenco como pasión marcaron la actividad pública de Paco Dodero. En todos esos campos dejó el sello de un trabajo serio y meticuloso, sin intransigencias pero con firmeza en sus convicciones intelectuales y éticas. Si acaso mantenía un cierto punto intransigente en cuanto a exigir que no se llamase flamenco, y sobre todo, cante jondo, a cualquier cosa con palmas y oles. Perteneció a la generación que llegó a la transición cargada de esperanzas y formó parte de aquellas primeras corporaciones democráticas ilusionadas, con responsabilidades de gobierno en el equipo del alcalde socialista Carlos Díaz.

En los últimos años, jubilado de sus actividades profesionales y políticas, el flamenco pasó a ser su principal ocupación. Creó la Asociación Cultural Flamenca El Buen Compás, desde la que promovió numerosas actuaciones de jóvenes cantaores y una gala homenaje al Beni de Cádiz (consiguió que el Ayuntamiento pusiese el nombre del Beni a una calle del Mentidero, el barrio natal del gran cantaor), pero, sobre todo, desarrolló una extraordinaria labor de divulgación del flamenco con charlas y audiciones en centros de enseñanza secundaria, la tarea de la que quedó más satisfecho.

Inauguración de la calle del Beni de Cádiz por 
el alcalde, José María González, en 2018
(Dodero es el segundo por la izquierda)

Sobre el flamenco y los gitanos trata el libro que escribió junto con Gabriel Romero, Por las   vereas del cante, una obra monumental en la que desarrollan un trabajo exhaustivo de   documentación e interpretación para colocar a los gitanos en el lugar que les corresponde en   la génesis del cante jondo. Más personal y entrañable, puro sentimiento, es su libro de   versos Flamenco entre rima y compás. Los homenajes al Beni se completaron con un libro-  disco, Un genio surrealista. Beni de Cádiz, coordinado por Dodero y por Alberto Romero, en el que se recoge abundante material gráfico y documental, así como valoraciones de varios estudiosos del flamenco, sobre la figura del cantaor del Mentidero.

En Internet, todavía se puede ver su blog, El Cuarto de los Cabales (https://elcuartodeloscabales.wordpress.com/), que arrancó el 26 de junio de 2012 con un poema dedicado a Manolo Caracol (una de sus referencias básicas en el cante jondo) y terminó el 15 de noviembre de 2020, con un comentario sobre el Festival de Música que se celebraba esos días en Cádiz y en el que había alguna presencia  flamenca que no le terminaba de convencer, porque no incluía el cante ("la columna vertebral del flamenco", afirmaba). Lo último que escribió en ese blog -que debería conservarse como parte del patrimonio del flamenco- fue: "¡Más seguiriyas y soleares, y menos flamenquitos orquestados!".




Portada del libro 

Por las vereas del cante

de Francisco Dodero Martín y Gabriel Romero Rubio. Prólogo de José Antonio Gaciño

Quorum Editores. Cádiz, 2011








                                                           Portada del libro

                                    Flamenco entre rima y compás

                                       de Francisco Dodero Martín

                                                      Q-book. Cádiz, 2016

                         




                                                                                                                                                                                                                                                          

Portada del libro
Un genio surrealista. Beni de Cádiz
de Francisco Dodero Martín & Alberto Moreno Ferrer
Ayuntamiento de Cádiz, 2017

                            

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Celestino, amigo permanente

      
El 12 de diciembre de 2018, en el Hotel Atlántico de Cádiz, nos hacíamos esas fotos después de la tradicional comida de Navidad de este grupo de veteranos de guerra (de guerras dialécticas, por supuesto). El pasado 11 de septiembre de 2020 (fecha maldita: el golpe de estado de Pinochet, el atentado de las Torres Gemelas…), en el tanatorio gaditano de Servisa, despedíamos el féretro de Celestino Rodríguez Pastoriza, creo que el segundo más joven veterano de la reunión (hasta diciembre no le tocaba cumplir 75 años) y de los últimos en incorporarse al grupo, a la tertulia del Bar Pablito, que durante un tiempo fue del Bahía y que, en sus orígenes, en los años setenta del siglo pasado, se reunía en la trastienda de la Librería Omega, la del muy telhardiano Manolo López que también llegó al punto omega hace unos años, como otros Manolos igualmente entrañables y dialécticos (Ferreiro, Castro, Cortina) con los que no podemos debatir más.

En esa pose de delanteros antes del partido, compartíamos Celestino y yo nuestra última foto juntos (tampoco hemos vuelto a celebrar otra comida del grupo). Compartíamos más cosas: Cádiz, desde luego, punto de encuentro y de libertad irrenunciable (común a todos los miembros de la tertulia), y Galicia, punto alfa de nosotros dos y referencia de nuestras raíces personales y culturales (en su caso, directamente de nacimiento, en Bueu, hasta que su carrera de mecánico naval le terminó llevando a engrosar la secular colonia gallega en Cádiz; indirectamente en el mío, que nací en Cádiz hijo de emigrantes gallegos y que, en sentido contrario, emigré a Galicia, donde permanecí 17 años, no sé si como para refrescar y reforzar la referencia).
El espíritu galaico era evidente en Celestino, en su sentidiño equilibrado, que no tiene nada que ver con el tópico de subir o bajar escaleras, sino con el realismo y la capacidad de diálogo y de entendimiento. 
Era, además, de los “bos e xenerosos” que se citan en el himno gallego: nunca dejó de atender a un amigo ni de hacer un favor que estuviese a su alcance. Ahora sólo podré (podremos) compartirlo en la memoria, como la imagen de un verdadero amigo permanente.



   Gallegos en Cádiz
     Hace cinco años, en una esquina de la calle Plocia (domicilio nuclear de mi familia, hasta que murió mi madre en 2000), se colocó esta lápida en reconocimiento y gratitud a la fecunda labor pesquera, profesional, social y cultural que la emigración gallega había aportado a Cádiz a lo largo del siglo XX. De esa colectividad formaron parte, entre muchísimos otros, mis padres, mis tíos y tantos otros familiares más o menos directos que fueron mano de obra fundamental en el desarrollo de la flota pesquera de Cádiz, hoy ya desaparecida o trasladada a otros puertos de la provincia. A esa colectividad gallega se incorporó en su día Celestino, aunque las circunstancias y las condiciones de su emigración fueron diferentes.


Seducido por el flamenco

En su blog El cuarto de los cabales, otro integrante de la tertulia, Paco Dodero (el más joven veterano del grupo, y que aparece en esta foto con Celestino), ha recordado la afición al flamenco que desarrolló nuestro amigo de Bueu, como uno de los aspectos de su integración en la vida social y cultural de Cádiz. Un ejemplo de apertura de espíritu de quien nunca olvidó los sonidos de su tierra (dulces, alegres o melancólicos, según se tercie), pero que también se dejó seducir por la hondura y el desgarro del flamenco más puro. Aquí está el enlace del blog que lo recuerda:  /https://elcuartodeloscabales.wordpress.com/2020/09/20/adios-a-un-amigo-aficionado-al-flamenco/ 
 

   


jueves, 23 de abril de 2020

Día del libro en confinamiento

Recluidos en casa (con autorización para salir a la compra) desde el 15 de marzo para contribuir al intento de frenar la expansión del Covid-19, las celebraciones masivas han desaparecido de la vida social. En Sevilla, desapareció la Semana Santa y la Feria de Abril (que iba a empezar el sábado 25 y se ha quedado para el año que viene). En medio, el Día del Libro, que tocaba hoy. No tiene aquí la misma repercusión que en Cataluña (el libro y la rosa en el día de Sant Jordi) pero siempre ha sido una buena ocasión para acercarse a las librerías, a aprovecharse del descuento; en los últimos años, incluso hubo sus intentos de incorporar también la rosa al regalo.
Como la venta de libros no ha entrado en la consideración de servicio esencial marcado por el estado de alarma, esta vez sólo se pueden adquirir libros a través de Internet, es decir, a través de las grandes distribuidoras multinacionales, aunque algunas librerías, desde sus páginas web, intentan mantener el contacto con sus clientes, que empiezan a hacer méritos para convertirse en especie en peligro de extinción.
También cabe la relectura -siempre cabe la relectura- y en estas fechas de confinamiento e incertidumbre ante la pandemia de coronoavirus hay un clásico que viene muy al pelo: La peste, de Albert Camus. En un rápido vistazo a mi deteriorado ejemplar (impreso en Argentina en 1967, por la Editorial Sur, de Buenos Aires), he recuperado algunos fragmentos que me han parecido significativos para estos momentos. La traducción es de Rosa Chacel.


"Yo lo sé y no necesito análisis. He hecho parte de mi carrera en China y he visto algunos casos en París, hace unos veintitantos años. Lo que pasa es que por el momento no se atreven a llamarlo por su nombre. La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo nada de pánico. Y además, como decía un colega: 'Es imposible, todo el mundo sabe que ha desaparecido de Occidente'. Sí, todo el mundo lo sabe, excepto los muertos".

"Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas".

"A pesar de este brusco e inesperado retroceso de la enfermedad, nuestros conciudadanos no se apresuraron a estar contentos. Los meses que acababan de pasar, aunque aumentaban su deseo de liberación, les habían enseñado a ser prudentes y les habían acostumbrado a contar cada vez menos con un próximo fin de la epidemia. Sin embargo, el nuevo hecho estaba en todas las bocas y en el fondo de todos los corazones se agitaba una esperanza inconfesada. Todo lo demás pasaba a segundo plano. Las nuevas víctimas de la peste tenían poco peso al lado de este hecho exorbitante: las estadísticas bajaban".

Y el párrafo final de la novela:

"Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa".

Pero no debemos olvidar el nombre de JOAN MARGARIT, el poeta catalán al que el coronavirus le ha impedido recibir hoy en Alcalá de Henares el premio Cervantes. Para recordar y valorar su figura, incluyo aquí el enlace del homenaje que la ofreció el Instituto Cervantes el pasado 4 de noviembre de 2019, con las intervenciones del escritor Jordi Gracia y del periodista Enric Juliana, así como la actriz Ariadna Gil, que recitó versos de Joan Margarit, y la música de Carles Margarit. 




martes, 5 de noviembre de 2019

Ocho naciones

La respuesta a la pregunta sobre el número de naciones que hay en España, que tanto repitieron Casado y Rivera en el debate del lunes, ya la había dado el domingo Josep María Colomer en el diario El País. De hecho, Pedro Sánchez empezó a referirse a las comunidades que se consideran nacionalidades en sus Estatutos, pero Casado, como hizo durante casi todo el debate, le interrumpió y no le dejó terminar.
El caso es que el PP, aunque Pablo Casado no haya querido acordarse, apoyó en su día las reformas de los estatutos en las cinco comunidades que decidieron definirse como "nacionalidades" (Andalucía, Aragón, Canarias, Comunidad Valenciana e Illes Balears), uniéndose así a las tres nacionalidades históricas tradicionales, las que habían refrendado sus estatutos en la Segunda República: Cataluña, Euskadi y Galicia.

viernes, 22 de febrero de 2019

Ligero de equipaje



Ante la tumba de Antonio Machado en Cotllioure
(primavera de 2012)
Este artículo fue publicado el 22 de febrero de 2014 en El Diario Fénix, publicación digital dirigida por José Manuel García, hoy tristemente desaparecida. Entonces hacía 75 años de la muerte de Antonio Machado. Hoy hace 80 años pero las consideraciones que hacía entonces siguen siendo válidas.


Había andado muchos caminos, convencido precisamente de que se hace camino al andar. Desde aquel patio de Sevilla donde maduraba el limonero hasta el modesto hotel Quintana, en Cotlliure (en catalán, que es idioma que también manejan en ese entrañable pueblo de la costa brava francesa), donde murió un 22 de febrero de hace setenta y cinco años. Había soñado caminos de la tarde, añorando la aguda espina dorada de la pasión que se había arrancado un día, y murió a las cuatro de la tarde. En el bolsillo de su gabán, con el que trataba inútilmente de protegerse de la neumonía que lo estaba matando, encontraron un papel arrugado con el último verso que había escrito: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Indescifrable fuera de contexto, pero como si volviese a la luz y al calor de los recuerdos sevillanos.
Ante el busto de Antonio Machado (obra de
Pablo Serrano), en Soria. Agosto de 2011.

En aquella triste y terrible guerra, murieron centenares de miles de seres anónimos, de esos de los que, como decía el personaje Miralles de Soldados de Salamina, casi nadie se acuerda y con cuyos nombres no bautizaron ninguna calle miserable de ningún pueblo miserable. Que sólo viven en el recuerdo de sus familiares y amigos –muchos de ellos todavía andan buscándolos por cunetas y campos perdidos para darles una digna sepultura– y morirán definitivamente cuando ya no quede nadie que los recuerde.
Quizá por eso, para que no desaparezcan de la memoria colectiva las referencias a tan atroz episodio de nuestro pasado no tan lejano, hay algunos nombres relacionados con esa tragedia que son compartidos por sensibilidades universales. Al hilo de su genio literario, artístico, científico o incluso político, sus sufrimientos personales, sus dolorosos finales, asumen la representación de todo un pueblo absurdamente sacrificado en los altares de las venganzas ideológicas.
Y así, de la misma forma que Federico García Lorca caminó hacia la muerte como uno más de los ejecutados sumariamente cada madrugada, y que Miguel Hernández se pudrió literalmente en la cárcel como tantos otros cuya salud no pudo resistir unas condiciones de vida que quizá sólo eran un poco peor de las que se impusieron fuera de las cárceles a muchos supervivientes desafectos, y se convirtieron así en los símbolos literarios de una represión infinita, Antonio Machado, hace setenta y cinco años, se convirtió en la muestra agonizante del angustioso exilio de los vencidos.
Entre aquella marea humana que huía del fascismo triunfante en España y que apenas unos meses después se encontraría con el nazismo agresor –los que hubiesen sobrevivido a unos campos de refugiados que no se distinguían mucho de los campos de castigo que habían dejado atrás–, Antonio Machado fue uno más, eso sí más conocido y admirado, entre los miles que perdieron la vida en su peregrinaje doliente hacia la libertad. Envuelto en la republicana bandera tricolor, a hombros de milicianos, su cadáver fue depositado en el pequeño cementerio del pequeño pueblo costero donde se perdió la senda que nunca volvería a pisar. Ligero de equipaje, desde luego, como había previsto en su autorretrato poético. Y con toda la carga de ejemplaridad que nos transmite su recio compromiso con el pueblo herido por aquella guerra trazada por una odiosa mano.


Escultura de Antonio Machado en Segovia. A la derecha, mi amigo Arturo Vega,
de cuya muerte se cumplirán cinco años en mayo. (La foto es de agosto de 2011)