lunes, 11 de marzo de 2024

Veinte años después del 11-M

Veinte años después del 11-M, el mayor atentado terrorista cometido en la Península Ibérica (quizá en Europa), me he acordado de este artículo que me publicaron en el desaparecido periódico Galicia Hoxe el 5 de noviembre de 2007, cuando ya se había celebrado el juicio por aquellos crímenes cometidos por fanáticos islamistas, frente a los que la sociedad española reaccionó con solidaridad hacia las víctimas y algunos políticos (los que gobernaban en aquellos momentos, del PP) se comportaron con la repugnante frivolidad de la mentira, tratando de proteger sus intereses electorales. Reproduzco aquí la traducción al castellano del artículo original, escrito en gallego.


ENQUANTO HÁ FORÇA

Fanáticos, solidarios y frívolos

Xosé A. Gaciño (Galicia Hoxe. 5-11-07)

Sanaa Ben Salah era una adolescente de trece años, nacida en Madrid de padres marroquíes, que cursaba segundo de ESO en un centro en el que tenía amigos de orígenes muy diferentes (incluidos españoles, claro). Le gustaban las películas de terror, los dibujos animados y el Real Madrid. Amaba a los animales y tenía el propósito de estudiar Veterinaria. Cubría sus cabellos con un velo, de acuerdo con las costumbres de sus padres y como muestra de su religión. Y murió víctima de una de las bombas colocadas en diversos trenes de cercanías de Madrid, el 11 de marzo de 2004, por un grupo de terroristas yihadistas. Era una de los ochos musulmanes que perdieron la vida en aquellos atentados cometidos en el nombre del Islam.

Echar una ojeada a las características de las víctimas, tan diversas, que perecieron en aquellos crueles y descomunales atentados, y a las de los que resultaron heridos, es la manera más directa de comprobar la irracionalidad de esta sangrienta acción. Eran gente de lo más normal, la gran mayoría de condición modesta, gente de la que configura el mosaico social de esta nueva sociedad abierta a los nuevos horizontes globales. Trabajadores y estudiantes, gente joven y de mediana edad, inmigrantes de muy variadas procedencias (Latinoamérica, Europa del Este, Asia, África), agnósticos y creyentes de diversos credos.

Una mezcla de identidades, diferenciadoras en algunos casos y compartidas en otros, compartidas incluso con los asesinos, aparentemente integrados (con sus estudios, sus negocios y hasta con sus trapicheos al margen de la ley) en la sociedad a la que atacaron con ese distanciamiento brutal del fanatismo, que pone toda la pasión en sus motivaciones ideológicas y todo el gélido desprecio en la consideración con sus víctimas. Y, como dijo en aquellos días el imán de una mezquita madrileña, “el que mata a un inocente es como si matara a toda la humanidad”. En eso están, dispuestos a matar a toda la humanidad, aplicándoles así su demoledora doctrina.

Frente a ese delirio inhumano de los terroristas, estuvo la reacción solidaria de una sociedad que dio muestras sobradas de responsabilidad ciudadana, tanto por el trabajo de los profesionales de las emergencias (sanitarios, bomberos, policías...) como de los voluntarios que arrimaron el hombro de muy diversas formas, tanto en la atención a las víctimas y a sus allegados como en el respeto mayoritario a la comunidad musulmana en general, distinguiendo entre las personas con unos sentimientos religiosos determinados y los manipuladores de esos sentimientos para ponerlos al servicio de una violencia indiscriminada.

Y por encima de los delirios de unos y de las histerias de otros, el trabajo de investigación policial y judicial. Policías, fiscal e instructor, superando descoordinaciones previas y decisiones temerarias sobre prioridades en la vigilancia, consiguieron allegar los elementos clave (hombres y pruebas) que permitieron delimitar claramente los diversos grados de culpabilidades y complicidades.

En tres años y medio, culpables (los supervivientes, porque otros se suicidaron en Leganés) y cómplices fueron llevados a juicio con todas las garantías legales, en un proceso ciertamente ejemplar. Muy diferente a los procedimientos de investigación antiterrorista de Estados Unidos, en el borde de la ilegalidad, o a la falta de resultados en el Reino Unido.

En medio de la rabia por la tragedia y por la barbarie terrorista, había como para sentirse satisfechos de todo un trabajo colectivo, primero de asistencia a las víctimas en los momentos mismos de los atentados y, ahora, con la culminación de lo que puede considerarse la reparación moral y legal a esas mismas víctimas: la sentencia que sanciona a los culpables.

Pero, por debajo de la tragedia y de la dignidad de las víctimas (y de la sociedad que las arropó, con la excepción de algunos miserables que las insultaron públicamente), hay políticos que siguen contando votos con frívola obcecación.

 

 

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