Se cumplen veinte años de la muerte en Málaga, el 28 de enero de 2005, de José María González Ruiz (Sevilla, 1916 - Málaga, 2005), sacerdote católico, teólogo y amigo de los tiempos difíciles. Recupero aquí la columna que escribí y que me publicaron entonces en el semanario gallego A Nosa Terra, para reiterar el homenaje a su figura.
Y aquí va la traducción al castellano:
Cheuá
Xosé A. Gaciño
No sé muy bien lo que significa la palabra -creo que del hebreo clásico- cheuá. Creo que sólo es la designación de un signo ortográfico, pero, para mi, y para muchos que compartieron su amistad, evoca la figura de un hombre físicamente frágil pero intelectualmente poderoso y valiente: el teólogo andaluz José María González Ruiz, al que sus alumnos le pusieron el mote de Chehuá, que se extendió después entre todos sus amigos como un apelativo cariñoso a un hombre que necesitaba ser arropado con respeto y solidaridad frente a la soledad en la que lo había dejado una jerarquía católica autoritaria y arrogante.
El desquite le llegó con el Concilio Vaticano II, en el que compartió esfuerzos con un importante grupo de teólogos progresistas que intentaban abrir puertas en una Iglesia cerrada al devenir de la historia. En aquellos años sesenta del pasado siglo, en los que tantas esperanzas parecían abrirse -ahogadas más tarde, algunas brutalmente-, el Chehuá fue de los que participó activamente en el diálogo entre cristianos y marxistas. Su rincón de la calle Galileo, en Madrid, era un auténtico refugio abierto a todos los luchadores por la libertad, sin distinción de credos o certazas.
Ahora, que acaba de morir a los 88 años en Málaga -a donde volvió en el 73, después de la desaparición de uno de sus represores, el cardenal Herrera Oria-, pienso en la diferencia entre católicos como él y esta Iglesia inquisitorial, controlada ahora -como en buena parte de su historia como institución de poder- por nuevos integristas dispuestos a imponer salvaciones represoras y dogmáticas (y no sólo a sus correligionarios). Todo lo contrario del Chehuá, que confesaba con humildad que un verdadero creyente es también agnóstico (es decir, alguien que no sabe). "Yo creo -decía-, pero no con la ingenuidad de que tras esta vida vendrá un cielo... Yo no sé: yo creo". Algunos, que ni siquiera creemos, tenemos en cambio la seguridad de que hombres como estos, de espíritu libre incluso por encima de sus creencias personales, contribuyen a una especie de causa común de la humanidad consciente y creadora.

